| Holandeses: molinos |
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| Joan F. Mira | |||
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El viajero curioso deberá hacer poco más de veinte minutos en tren desde Amsterdam (toda Holanda es una densa y extensa red de trenes de cercanías), seguir el curso del río Zaan, y bajar en la pequeña estación de Zaandijk. Puede visitar el pueblo, que comenzó con las primeras casas construidas a orillas de los diques, allá por el año 1500, para cultivar aquellos famosos campos rectangulares entre canales, los polders o tierras ganadas al agua, una de las obras más admirables en toda la historia de la agricultura. Después hay que pasar un puente moderno, resistir un poco la fuerza del viento que no cesa, y contemplar uno de los paisajes más célebres y reproducidos de este país de Holanda: las construcciones de madera pintadas y pulidas, y sobre todo estos molinos de viento monumentales que son como el emblema del país entero. Al otro lado del puente, en efecto, está el pueblecito histórico (e inevitablemente turístico) de Zaanse Schans, que quiere decir aproximadamente 'el terraplén del Zaan', construido, según dicen, para detener el avance de los españoles en las guerras que aquí llamamos de Flandes y allí de Independencia. En todo caso, allí mismo, a orillas del río, se construyeron los primeros molinos industriales de Europa, unos ingenios prodigiosos. Quizás aquella comarca del río Zaan, en medio del agua, los canales y de los pólders, fue en términos absolutos la primera región propiamente industrial del planeta: la primera dedicada a la producción intensa y masiva a base de instalaciones mecánicas complejas. Y se asegura que, sin la invención del molino de sierra en 1594, no habría habido ninguna Compañía Holandesa de las Indias Orientales, ninguna Compañía de las Indias Occidentales, ni ninguna edad de oro de los Países Bajos: estos molinos serraron, de manera eficaz y barata, la madera de los grandes barcos que recorrían los océanos de oriente y de occidente y convirtieron Holanda en el gran centro del comercio mundial. Pero no sólo eso: los nuevos molinos de viento fueron también adaptados para toda aplicación imaginable, desde la molienda tradicional de los cereales (aquí se producía la harina con que se hacían las galletas para alimentar las tripulaciones de la flota) o el bombeo de agua de los polders, hasta la producción de cáñamo para las velas, la fabricación de papel, de cal o de pigmentos. Toda una industria poderosa que encontraba salida a sus productos a través de la cercana ciudad de Amsterdam. Los molineros se hicieron ricos, los comerciantes también, y se hicieron casas de belleza y confort incomparables. Aquí vino el zar Pedro el Grande de Rusia, a finales del siglo XVII, a observar los fundamentos de la construcción naval holandesa.
Hubo más de mil molinos prodigiosos de éstos, antes de que llegara la máquina de vapor que debería sustituirlos, y como esto es Holanda, en 1925 se fundó una asociación para preservarlos de la desaparición. Ahora los molinos salvados, en perfecto estado de funcionamiento, se extienden a orillas del ancho río formando un paisaje tranquilo y perfecto. El visitante, si no tiene prisa (y aquí ciertamente no debería tenerla), puede pasar un rato fructífera observando, tal como debió hacer Pedro el Grande, cómo funciona un molino que es, él solo, como una pequeña fábrica entera. Si hace, como es habitual, un viento regular suficiente, sólo dos aspas de las cuatro tienen la vela puesta, y la potencia resultante es tan grande que hace girar vivamente las cuatro muelas enormes, dos de 7.000 kilos y dos de 5.000: las más grandes muelen cal fina para pinturas, las más pequeñas muelen pigmentos, y el visitante solitario las ve girar y no llega a explicarse cómo es posible el prodigio. Subiendo a los pisos superiores, el engranaje central aparece como el mecanismo de un reloj gigante, ejes, palancas, engranajes y ruedas dentadas, todo de madera, todo exactamente tal como era y como funcionaba hace tres siglos o cuatro. En la planta inferior, las muelas verticales giran incesantemente, una en la parte de dentro y otra en la de fuera, con un ingenio que pasa el surco de cal o de pigmento mineral de una rueda a otra, para hacer una doble pasada con un solo movimiento. La maravilla, para quien la contempla, resulta interminable. Y de ahí ha salido Holanda, la industria, las naves, el comercio de occidente y de oriente, el admirable país que han construido los holandeses.
Holandeses: Vermeer Joan Francesc Mira
El visitante del Rijksmuseum de Amsterdam, si tiene suficiente capacidad contemplativa y suficiente sensibilidad ante la perfección absoluta, puede pasar horas enteras mirando los tres (hay cuatro, pero faltaba La carta de amor, seguramente prestada a alguna exposición) pequeños cuadros de Vermeer que, ellos solos, pueden llenar de felicidad una mañana entera. Allí está la lechera, de cuerpo compacto y robusto, ciertamente una mujer del pueblo, derramando con una jarra de barro cocido aquel chorro de leche prodigioso, el chaleco de cuero amoldándose suavemente el pecho, el delantal recogido, la cabeza con aquella inclinación concentrada, y sobre todo el aire de la cámara o cocina, las paredes, la atmósfera, esa sensación indefinible de realidad sutil. Y la joven vestida de azul ante dos sillas y una mesa y un gran mapa colgado en la pared, con la cabeza también ligeramente inclinada y un gesto de concentración en la lectura, no sabemos si penosa o alegre porque el gesto de la mujer es etéreo y, si el lector me disculpa, sublime. Y el callejón de Delft, que es la presencia real, inmediata, de una escena de vida modesta y tranquila. Miles y miles de pinturas de aquella Holanda increíble del siglo XVII, como las treinta o cuarenta que produjo el inmenso Jan Vermeer, son de dimensiones reducidas, para poder colgar en cualquier habitación popular o discretamente burguesa, y para poder transportar en un comercio de arte abundante y activísimo, y el visitante contemplativo va de un pequeño cuadro a otro, pasa pequeñas eternidades de belleza ante una mujer y de la otra, observando el espesor de los colores, la maravilla indefinible del conjunto, y no llega a entender que sea la obra de un buen hombre de Delft, que pintó poco y vivió pocos años, con beneficios modestos y escasos. Tres veces, a fin de contrastar, el visitante del museo pasa a la sala vecina, dedicada a la mucho más famosa Ronda de noche (es decir, La compañía de Frans Banning Cocq y Willem de Ruytenburch) del mucho más célebre Rembrandt. La pintura es enorme, ocupa todo un lienzo de pared, y representa la exaltación casi militar del nuevo orden burgués triunfante. Los personajes no son generales o capitanes de oficio, no son guerreros: son comerciantes, tejedores, tintoreros, son la aristocracia de un orden social, el orden del comercio y la industria, no de la nobleza guerrera o de corte. Parece, a primera vista, extraño, pero los pequeños cuadros de Vermeer y el enorme de Rembrandt se complementan perfectamente: la exhibición triunfal y enfática del poder burgués, la vida doméstica amable de los ciudadanos, la exaltación exterior, la densidad de los interiores.
La misma densidad que he podido observar ante la encajera y el astrónomo del Louvre, ante el pintor (la dignidad del oficio propio) del Kunsthistorisches de Viena, y de algunos otros que también he tenido ocasión de contemplar largamente en Nueva York o Londres. No soy el único visitante de museos que ha pasado momentos gloriosos de contemplación ante uno de los escasos cuadros de Vermeer, maravillas pequeñas de la perfección más alta del arte de la pintura. Como El geógrafo, hace pocos años, el museo Städel de Frankfurt. El geógrafo de Vermeer, hermano de otras figuras que reciben también la luz pálida de una ventana de vidrios plomados, como el astrónomo, como la mujer del laúd, como la lechera, calcula algo con un compás encima de un plano abierto sobre una mesa. Hay, como en otras escenas similares, un globo terráqueo, un armario, un mapa encima de la pared del fondo. Hay, por tanto, el "interior holandés" que adivinamos confortable, la luz tamizada, y la presencia del mundo exterior en un mapa, del mundo entero en un globo terráqueo. Esto era Holanda, y esa ha sido siempre su grandeza. La misma experiencia de pequeño país que quiere ser a la vez un domicilio amable y cálido y un espacio abierto a la tierra entera, y que en aquella segunda mitad del XVII, liberada de la intolerancia española, dio, entre otras cosas, la mayor concentración de pintura que se haya visto nunca en tan poco tiempo. Siempre he soñado, inútilmente, que mi país fuera como una Holanda mediterránea imposible. Donde un Vermeer nuestro habría pintado una mujer con una jarra de leche, leyendo una carta o tocando un instrumento musical, y un joven geógrafo contemplando no se sabe qué, más allá de unos cristales translúcidos y blancos.
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