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Héctor López Bofill   

¿Hasta cuando la mayoría aguantará la suprema hipocresía de unos dirigentes políticos que no aportan resultados claros hacia el Estado propio?



Es recurrente preguntarse por qué la manifiesta adhesión en público o en privado de un sector importante de la clase política en favor de la independencia no se traduce en ninguna acción concreta y real hacia el Estado propio. Si las convicciones son tan firmes, como algunos profieren, ¿cómo se puede continuar militando en un partido que no defiende estas ideas? ¿Cómo se puede continuar dirigiendo una formación que no se presenta a unas elecciones con el compromiso de declarar la independencia? ¿Cómo se tolera que la actualidad política continúe centrada y empantanada en un proyecto de reforma financiera que España no aceptará nunca mientras el país agoniza? La respuesta es que los dirigentes políticos, sociales o económicos que defienden la independencia pero que en la práctica aún no hacen nada por ella actúan así porque todavía obtienen beneficio de la dependencia. Quien ocupa algún cargo de responsabilidad en el autonomismo tiene asignadas unas retribuciones y un prestigio social que no confieren ningún incentivo para romper con el sistema y adentrarse en una travesía de final incierto. No sólo eso, a menudo estos sectores que ideológicamente apostarían por un proceso de emancipación nacional aún tienen demasiadas servidumbres con determinados poderes económicos, energéticos y mediáticos que se construyeron o reforzaron durante el franquismo bajo una lógica española. Si no hay un cambio de actitud de los mencionados poderes fácticos hacia el independentismo (y nada señala que lo haya, como intentaré demostrar en mi libro ¿Quiénes son los enemigos de la Cataluña libre? que espero publicar en la otoño) el estamento político continuará sometido a su chantaje y sólo la presión democrática de una ciudadanía empobrecida, maltratada e indignada podrá forzar el cambio con un voto masivo a opciones diferentes.

Esta esquizofrenia entre la retórica independentista y el inmovilismo autonomista algunos la vivimos de cerca en ERC, especialmente durante el segundo tripartito. La ERC que ahora se muestra tan vehemente en la defensa del concierto económico hay que recordar que avaló una financiación deplorable en 2009 que se intentó vender como la "mejor de la historia" y que ha llevado al colapso financiero de la Generalitat. En aquel momento ninguno de los cuadros dirigentes del partido, incluidos los diez diputados que todavía ocupan un asiento en el Parlamento de Cataluña, no mostraron ningún signo de rebeldía y acataron disciplinadamente lo que no era sino la certificación del expolio fiscal que las bases de ERC habían estado denunciando desde hacía tantos años. ¿Por qué este cinismo? Porque la telaraña de intereses del gobierno autonómico repartía las suficientes prebendas para allanar la disidencia y las tentaciones de ruptura. Afortunadamente para el independentismo, el electorado castigó de forma contundente ese fraude. A pesar de la experiencia, si la ERC de Oriol Junqueras limita su discurso al concierto económico y a ofrecerse a hacer de costra ahora de CiU (en vez de potenciar el compromiso independentista) es porque aún se encuentra atrapada en la tenaza de las servidumbres con los poderes que quieren una Cataluña española. Por cierto, las complicidades con la estructura autonómica también tienen y tendrán para ERC el coste de verse involucrada con la cara más sórdida del régimen: pactos de silencio, pagos indebidos, créditos con condiciones, malversación de fondos y casos más o menos esperpénticos de corrupción como los que han implicado a militantes de ERC en el caso Innova en el Camp de Tarragona o capítulos como la grotesca detención la semana pasada del exconseller Ausàs acusado de contrabando de tabaco.

Pero la situación insostenible entre el discurso de fondo y la acción oficial que llevó a ERC al abismo es la misma que ahora sacude a CiU con mucho más poder, con mucha más implicación con los sectores unionistas y con una distancia cada vez más enorme entre los anhelos de los votantes y de las bases y los escasos avances que presenta la Generalitat autonómica. Mientras algunos de los concejales de esta formación se reúnen en la Asociación de Municipios por la Independencia y las bases y votantes participan en marchas y conciertos por la independencia o en la Asamblea Nacional Catalana, el gobierno Mas cuando no pacta con el PP la composición de determinados órganos, convoca cumbres insulsas sobre el pacto fiscal con un documento sobre los límites de la solidaridad, por ejemplo, similar a la propuesta estatutaria que el Tribunal Constitucional español ya tumbó. La pregunta clave es, pues, hasta cuando la mayoría que no cobra ni directa ni indirecta de las instituciones y más bien sufre la brutalidad del sistema aguantará la suprema hipocresía de unos dirigentes políticos que no aportan resultados claros hacia el Estado propio.

Mientras esperamos la respuesta plantearé una propuesta y un recordatorio. La propuesta es que si hay dirigentes de CiU (y pienso, por ejemplo, en el presidente de la AMI de Unió Democràtica, Josep Maria Vila d'Abadal) que afirman tener el coraje para llevar al país a la independencia, no encuentran que de momento deberían tener el suficiente coraje como para romper con un partido que niega sus objetivos políticos y crear o sumarse a un movimiento político independentista.

El recordatorio es que en la declaración fundacional de la Asamblea Nacional Catalana establece que sólo se dará apoyo electoral a las fuerzas políticas dispuestas a convocar un plebiscito de autodeterminación o a proclamar la independencia desde el Parlament. ¿A quién apoyará el ANC en las próximas elecciones al Parlamento de Cataluña? El tiempo del viejo orden y los que lo defienden se acaba.


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