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Elisenda Paluzie
Una asfixia premeditada
El Punt - Avui
Parece que no quieran afrontar que la supervivencia cultural, política y económica de Cataluña sólo puede llegar con el ejercicio de su soberanía
Hace 27 años, en el prólogo de su libro 'Narración de una asfixia premeditada', Ramon Trias Fargas, haciendo el balance de la Transición, nos decía: "El centralismo, en caso de que la autonomía no fracasara por otras causas, nos esperaba en la vuelta de la esquina con el arma más sutil, disimulada y más eficaz de todas: el estrangulamiento financiero. Y eso se preparó meticulosamente desde el primer día". Hemos llegado al final de la calle de la premonición de Trias Fargas, con un gobierno de la Generalitat literalmente asfixiado financieramente, con problemas para hacer frente a los pagos ordinarios y dispuesto a acogerse a la última trampa puesta por su verdugo: el fondo de liquidez autonómica.
Este fondo funcionará como una línea de crédito a las comunidades autónomas que se acojan para hacer frente a vencimientos de deuda oa las operaciones de reendeudamiento. A priori, pues, sería un banco, pero las condiciones de este préstamo son draconianas. Habrá que acordar modificaciones del plan de ajuste aprobado que garanticen el cumplimiento de los nuevos compromisos adquiridos, y el incumplimiento de este plan o la no reemisión de información significará la aplicación de las medidas coercitivas previstas en los artículos 25 y 26 de la ley de estabilidad presupuestaria. Estas medidas significan la anulación de la autonomía de la Generalitat. Ante un incumplimiento, el Estado enviará un equipo de técnicos del Ministerio de Hacienda, que pueden pedir cualquier dato de las partidas de ingresos y gastos y exigir medidas en una semana. Si no se implementan, el gobierno del Estado, con aprobación del Senado, puede hacerlas ejecutar de manera forzosa dando instrucciones directas a cualquier autoridad de la comunidad autónoma. Por ejemplo, pueden exigir al director de la Corporación el cierre de canales de TV3, saltándose al presidente de la Generalitat.
El gobierno español, humillado internacionalmente, presume donde puede todavía ejercer su autoridad, como un abusón de colegio cualquiera. No es casualidad que las comunidades más endeudadas que se acojan a este mecanismo sean las que han recibido un trato fiscal peor. De hecho, estos días se han dado a conocer los resultados de la liquidación de la financiación de 2010, y nada de lo prometido con el nuevo sistema se ha cumplido. La liquidación del 2009 ya mostró que no se cumplía la ordinalidad prometida, pero destacaron que la financiación estaba por encima de la media. En 2010 ni eso no se cumple.
Pero estos días la mayoría de partidos parlamentarios parecen ajenos a estos acontecimientos e, inmersos en las negociaciones de enmiendas y modificaciones a una nueva propuesta de cambio en el modelo de financiación, nos hacen revivir discusiones que se arrastran desde el 2003: ¿agencia propia o consorcio; ordinalidad y nivelación parcial; bilateralidad, régimen común o singularidad dentro del régimen común? Algunos reproducen textualmente principios como el de la nivelación parcial del Estatut que la sentencia del TC anuló. Otros hacen enmiendas que reproducen el sistema actual de financiación. Y finalmente la propuesta del gobierno, a pesar de dar la llave de la caja a la Generalitat, fija un límite a la caja, basado en el estrujado principio de ordinalidad que con 1.400 millones de euros adicionales ya se habría cumplido en 2009, y en 2010, año en que la financiación empeora, con 3.282 millones.
Parece que no quieren afrontar la realidad, que por todas las vías indica que la supervivencia cultural, política y económica de Cataluña sólo podrá ser garantizada desde el ejercicio de su soberanía, convirtiéndose en un Estado con el mismo grado de independencia que Dinamarca, Suecia o Islandia.
Salvador Cardús i Ros
¡No nos empapeléis!
La Vanguardia
En estos momentos de tanta gravedad, se echa en falta el criterio de las grandes personalidades que hemos perdido desde la transición hasta ahora. Personas que en su momento mostraron una extraordinaria lucidez política –de ahí que resultaran tan incómodos– y que hoy deberíamos lamentar no haberles escuchado como merecían. Pienso ahora en Ramon Trias Fargas (1922-1989), cuyo nombre da lugar al premio de ensayo que la Fundació CatDem entregó esta semana al politólogo de la UOC Ivan Serrano. Precisamente, en la celebración de la Nit del Pensament, que acoge el acto, la señora Montserrat Trueta tuvo la amabilidad de entregarme una copia del artículo de su marido, “¡Que lo empapelen!”, publicado el 10 de septiembre de 1984 en La Vanguardia, y que prueba sobradamente lo que digo. Sí: hace 36 años, Ramon Trias Fargas ya anticipaba, con su fina ironía, cuál sería la metodología que España utilizaría para paralizar el autogobierno que Catalunya había emprendido en 1980 con tanta fuerza como ingenuidad.
Ramon Trias Fargas relataba en aquel artículo el procedimiento de sustitución, desde los tiempos de los Reyes Católicos, de la espada por el papel y la tinta como mecanismo de poder. Efectivamente, con la nueva burocracia real, escribía, “los asuntos se eternizaban, los legajos de papel se apilaban desde las mesas hasta el techo y la tinta tomaba el rancio color cobrizo que adquiere con el lento correr del tiempo. Y este sin más que transcurrir corroía el prestigio del inculpado que, por el solo hecho de serlo, quedaba reducido ante la opinión pública a condición de simple mortal capaz de haber faltado. La víctima veía consumirse su vida paralizada entre declaraciones, recursos de alzada, reposiciones, pruebas testificales y diligencias que duraban décadas”. Trias se refería al caso de Colom. Y seguía: “…nuestra curia llegó a un mecanismo eficaz y discreto por el que el mando conseguía lo que quería y el mandado arrastraba en libertad una vida cada vez más miserable que le sumía en la impotencia. El proceso no pretendía nata concreto: ni condena, ni absolución, ni fallo decisivo. Nada se resolvía, todo se alargaba y, a la vez, transcurrían los años, el interesado seguía ‘empapelado’ e indefenso mientras el poder le iba arrancando las plumas una a una”.
Ahora, con el poder autonómico a punto de ser liquidado, vemos con claridad cómo la estrategia que ha seguido España con Catalunya ha sido y sigue siendo también la del empapelamiento que describía Trias Fargas. A diario el Estado acosa y humilla al Govern, como si con el ahogo económico no tuviera suficiente. Un día desautorizan al Departament d’Ensenyament con una prueba de nivel escolar centralizada. Otro, se prohíbe a las mutuas que coordinen las acciones de prevención de riesgos laborales con el Govern. Al siguiente, les toca a los horarios comerciales. Uno más, y se invaden competencias con la reforma de la ley de Dependencia… Siguiendo la técnica del empapelamiento, se consigue el colapso total de una administración autonómica ahogada por la necesidad de reorganizarlo todo de nuevo mientras considera si debe recurrir a instancias judiciales cuya resolución llegará cuando ya no queden ni los restos de lo que había sido el poder autonómico. Es decir: “Empapelados e indefensos, mientras el poder nos va arrancando las plumas, de una en una”. Y con un agravante: la propia España ha acabado víctima de esta cultura del aplazamiento indefinido de los grandes conflictos, que confía que el tiempo ya se ocupará de resolverlos por agotamiento. Esta fue la actitud política de Zapatero ante la evidencia de la crisis, y esta ha sido la disposición de ánimo de Rajoy, cuya incapacidad para tomar decisiones y anticiparse a los problemas, ha conducido al actual callejón sin salida.
Juan-José López Burniol, sin la ironía de Trias Fargas y con un estilo trágico, se refería también el sábado pasado en este diario, “El otro 98”, a la incapacidad española para afrontar de cara los grandes desafíos históricos y al vicio de dejar que el tiempo les mate. López Burniol, siguiendo también a Francesc-Marc Álvaro, comparaba el desastre actual con el del 98, y citaba al Ortega de la España invertebrada: “De 1580 hasta el día, todo lo que en España ocurre es decadencia y desintegración”. Y, como ilustración de tal desidia, recordaba la leyenda que el día que se conoció la noticia del desastre de Cuba, la gente fue a los toros. Según el prestigioso notario, de esta manera no es raro que en la sociedad catalana, con una España incapaz de ofrecer un proyecto atractivo de vida en común, el único debate que tiene sentido ya no sea el del pacto fiscal, sino el de la independencia. Todo muy cierto, si no fuera porque ante la amenaza de una intervención total, el peligro es que Catalunya no acabe también tomando tarde y mal sus decisiones, y ya no tenga la fuerza necesaria para plantear su propio proyecto de vida en común. Y es que, en un cierto sentido, el debate parlamentario de esta semana sobre el pacto fiscal también sigue el método del empapelamiento: ganar –o perder– tiempo para no tener que tomar una decisión grave pero necesaria. A la tentación de llegar a un gran acuerdo a base de añadir toneladas de ambigüedad –de “tinta”– a la propuesta, según el nefasto estilo seguido con el Estatut de septiembre del 2005, todo el mundo sabe que España responderá sin “condena, ni absolución, ni fallo definitivo”, como escribía Trias Fargas. Si no le hicimos caso en vida, asegurémonos de que su lucidez de entonces pueda servir para tomar las decisiones de ahora. Por favor, ¡no nos empapeléis!
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