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Hermandad en estado químicamente puro PDF Imprimir E-mail
Xosé Estévez   
Miércoles, 15 de Febrero de 2017 13:15

Algunas sencillas efemérides, como las jornadas en homenaje a Concha Murguía celebradas en Oiartzun los días 2, 3 y 4 del mes en curso, no suelen resaltarlas los medios de comunicación. No venden ni resultan informativamente rentables, porque la didáctica del morbo se impone a la pedagogía de la solidaridad.

Concha Murgia Egaña nació el 29 de enero de 1806 y falleció de “una lesión del corazón que no le dió lugar a recibir sacramento alguno”, según consta en la partida de defunción, el 13 de julio de 1854 en la calle de las Huertas, nº 14, no muy alejada de la Catedral, en Santiago de Compostela.

Procedía por parte paterna de los Murgia, noble familia de Astigarraga, patrona de su Iglesia, que cobraba pontazgo por el paso de Ergobia a los mercaderes y a los peregrinos jacobeos. La ascendencia materna entroncaba con personajes de alcurnia, originarios de la zona de Aizarnazabal y Zestoa, que habían ocupado importantes cargos en el territorio histórico de Gipuzkoa, como el de Secretarios de la Provincia, ejercidos por Domingo de Egaña y su hijo Bernardo Antonio de Egaña. Ambos escribieron dos importantes obras, cuya lectura resulta imprescindible para realizar la historia de Gipuzkoa.

Su padre, Domingo Murgia Azconobieta, natural de Irun, había obtenido por concurso la plaza de organista de la iglesia de San Esteban de Oiartzun el 17 de diciembre de 1797, según documento firmado por los vecinos fijosdalgo y conservado en el rico archivo municipal de la localidad. Se le concedió vivienda y huerta aneja en el antiguo hospital de peregrinos y actual Casa de Cultura, muy cercana al templo parroquial. En esa residencia nacería nuestra biografiada.

A los nueve años se trasladó a vivir a Tolosa, al conseguir el padre la plaza de organista de la Iglesia de Santa María el 1 de enero de 1815. Por eso, erróneamente, muchos historiadores gallegos y la propia acta de defunción sitúan su nacimiento en la villa foral.

En Tolosa Domingo Murgia se adscribiría al partido liberal fuerista, que lideraba el Conde de Villafuertes, Ladislao Zabala. La invasión en 1823 de las “Cien Mil Hijos de San Luis”, a petición del voluble e incompetente Borbón, Fernando VII, termina con el Trienio Liberal y restaura el Absolutismo. Muchos liberales guipuzcoanos, entre ellos Domingo Murguía y su hija Concha, huyeron hacia Galicia.

El padre pronto regresaría a su Gipuzkoa natal, pero la hija permaneció en la nación finisterral, donde contrajo matrimonio con el boticario José Martínez. Tendría dos hijos varones. Unos de ellos, Nicolás, médico naval, murió joven de una enfermedad tropical.

El primer hijo, Manuel Martínez Murguía (1833-1923), fue uno de los grandes del Resurgimiento gallego. Un extraordinario polígrafo, historiador, novelista, etnógrafo, primer teorizador del nacionalismo gallego y primer Presidente de la Academia Gallega, desde la fecha de su fundación hasta su fallecimiento en 1923. Se casó, además, en 1858 con la ilustre poeta, Rosalía de Castro, otra de las grandes del “Rexurdimento” junto a Curros Enríquez y Eduardo Pondal. El fue el impulsor de que su mujer diese a la luz impresa “Cantares Gallegos”, el 17 de mayo de 1863, libro fundamental en la resurrección cultural de Galicia. Falleció el 2 de febrero de 1923 en A Coruña, donde yace en una humildísima y descuidada tumba junto a sus hijos Ovidio y Amara, símbolo del desinterés cultural que padecen los actuales gobernantes de Galicia.

Manuel M. Murguía, como gustaba de firmar, asegura en sus escritos que él comenzó a amar la patria gallega al ver cómo su madre, “que era de aquella Tierra donde ni se teme ni se miente”, amaba su querida y lejana Patria vasca.

Los gallegos afincados en Euskal Herría, representados por la Asociación Cultural “Daniel Castelao”, de Pasaia, celebramos anualmente un homenaje a esta insigne mujer, cuna indirecta del nacionalismo galaico. El 11 de noviembre del 2000, día de San Martín, El diputado de Cultura de la Excma. Diputación Foral de Gipuzkoa, Luis María Bandrés, y el Alcalde de Oiartzun, Xabier Iragorri, acogieron con entusiasmo la iniciativa, sugerida por este servidor y apoyada por varias entidades gallegas de la emigración vasca, de colocar una placa en euskara y gallego en la Casa de Cultura. En ella se afirma: “Nesta casa naceu Kontxa Murgia Egaña (1806-1854), nai de Manuel M. Murgia (1833-1923), berce do nazonalismo galego”.

Este año, en la primera jornada, hemos realizado un recital poético vascogalaico musicado, con poema de Rosalía de Castro y del vate oiartzuarra, Antton Kazabon, acompañados por hermosas melodías de la mano de Edurne Saizar, Haizea Lekuona y Oihane Mitxelena. El segundo día, un trailer del documental “Euskal Herria. Sitio distinto”, presentado por su autor, Davide Cabaleiro, en euskara y galego, mostró la forma de vida de los emigrantes gallegos en esta Tierra y su relación fraternal con el pueblo vasco. Terminaron los actos el sábado, día 4, con un ofrenda floral a la homenajeada, con parlamentos de la concejal de cultura, por cierto de origen galaico, Iosune Cousillas y del escritor de estas líneas, con acompañamiento del grupo de txistularis de Oiartzun y de los gaiteiros de Trisquele, de la Casa de Galicia de Donostia.

Los galaicoeuskadianos siempre insistimos en la necesidad de hermanar ambos pueblos y con esta colaboración queremos expresar nuestra gratitud a ambas instituciones, que han hecho posible este simbólico monumento, homenaje asimismo a la solidaridad de los dos pueblos. En especial queremos manifestar nuestra profunda gratitud al Ayuntamiento de Oiartzun, que todos los años desde el 2000 de su inauguración nos acoge y agasaja en este acto.

El hospitalario Pueblo Vasco recogió bajo la ofrenda de su mano abierta en el seno cariñoso de sus valles, lujuriosos en verdor y ricos en labor, a millares de gallegos, más de 70.000, huidos de su patria durante la noche pétrea del franquismo en busca de una vida más digna. Hoy intenta la conquista de su soberanía a la que tiene pleno y democrático derecho para interpretar el concierto, armónico y polífónico de los Pueblos del mundo en solidario pie de igualdad, pues la riqueza de este planeta, llamado Tierra, se encuentra en la fértil variedad y no en la aburrida uniformidad. Desde la ventana de esta pequeña nación vasca se puede admirar perfectamente la hermosura y grandeza del Universo.

Muchos gallegos que residimos en Euskal Herria no olvidamos nuestra primigenia patria ni tampoco nuestras raíces, pues perderíamos nuestra identidad y en el mundo no se puede andar sin ella. Las ramas de los árboles solo pueden abrirse solidariamente al abrazo de todos los vientos, si poseen un tronco firmemente afincada en una Tierra-Nación. Pero amamos honda y sinceramente esta patria adoptiva vasca, que, en una miserable coyuntura, nos agasajó con, hogar, cariño, famillia y trabajo y además fortaleció en nosotros la conciencia y orgullo de nuestra propia identidad, aparcando falsos complejos de inferioridad.

Este sencillo soneto de vate aficionado canta en idioma gallego, con contenida emoción. La sinfonía de un eterno agradecimiento a Oiartzun, metáfora y metonimia de toda Euskal Herria:

 

OIARTZUN: CORAZÓN E LATEXO DE EUSKAL HERRIA

Oiartzun, berce de Concha Murguía,

na ladeira do Urkabe agarimada,

fermosa terra, por todos ben louvada,

latexo e corazón de Euskal Herría.

 

 

Seu rexo vástago, Manuel Murguía,

ergueu do chan a Galiza desprezada,

casou ca groria galega máis sagrada,

lumieira acesa, a gran poeta Rosalía.

 

 

Os xebres galeuskadianos, noite e día,

lembrarán gozosos esta xornada

e seguirán como faro e como guía

a súa existencia, decote derramada,

coutando con vida exemplar a sangría

da súa amada patria, sufrida e aldraxada.

 

Desde el día 11 de noviembre del 2000 los corazones de los oiartzuarras y gallegos laten al unísono el ritmo de la fraternidad, porque un día, remoto en el tiempo y cercano en el recuerdo, una ilustre hija del Pueblo acunó al promotor de la resurrección de la dignidad del Pueblo finisterral, que conoce como nadie los sinsabores de las tragedias y derrotas, convertidas en farsas por la ley del imperio hispano, que solo admite una nación.

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