Inicio Nabarmena ‘El robo de la Catedral’ Iruña, verano de 1935

‘El robo de la Catedral’ Iruña, verano de 1935 PDF Imprimir E-mail
DIARIO DE NOTICIAS   
Martes, 14 de Marzo de 2017 18:54

DIARIO DE NOTICIAS publica un adelanto de la novela de José Luis Díaz Monreal que esta semana verá la luz editada por Pamiela y en la que el autor cuenta el robo, en 1935, del importante tesoro artístico de su catedral.

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Su espíritu se fue sosegando. Comenzó a ver la operación desde otro punto de vista. Sus escrúpulos se habían disipado y el temor a estar cometiendo un sacrilegio había desaparecido. Otra cuestión que le reconfortó fue pensar que entre los máximos mandatarios del tradicionalismo se encontraban varios destacados eclesiásticos, que necesariamente debían haber dado su consentimiento para llevar a cabo la operación…

Conforme fueron desapareciendo las dudas de su espíritu comenzó a pensar en cómo planificar la acción. Fue perfilando sus líneas maestras. Anotó en un cuaderno los principios básicos que era necesario respetar si se quería que el plan llegase a buen fin:

“-En la operación deben tomar parte el menor número posible de personas. Cuantos menos, menor peligro de filtraciones.

-Organizar el asunto de manera que exista el mínimo contacto entre los participantes y cuando ello resulte factible que no se conozcan los unos a los otros.

-Necesario que los que intervengan sean profesionales. Nada de aficionados.

-Bajo ningún concepto, nadie, excepto yo, debe conocer quién se encuentra detrás de la operación. En el caso, Dios no lo permitiese, de que algo salga mal, no debe existir posibilidad de establecer ninguna relación entre los actores de la misma y el Partido. Fundamental.”

Se encontraba preocupado y al mismo tiempo satisfecho. Preocupado por la gran responsabilidad que le habían encomendado. Satisfecho por haber sido elegido entre muchos para llevar a cabo una tarea sumamente delicada y peligrosa, por lo que se sentía profundamente agradecido a sus superiores que confiaban en su discreción, habilidad y sobre todo en su profunda lealtad al partido.

Era verdad que la misión conllevaba unos riesgos importantes, porque si algo fallaba su reputación caería por los suelos y nadie de la dirección de la Comunión Tradicionalista saldría en su defensa.

* * * *

Lo primero que se planteó fue realizar una visita al tesoro y recopilar cuanta información pudiese sobre el mismo. Tenía que ver con sus propios ojos aquello que iban a robar, mejor dicho, a enajenar. Se informó de que debía solicitar permiso al canónigo fabriquero, responsable directo del tesoro.

Adquirió una guía para turistas editada en 1930, en la que con más voluntad que acierto se detallaban pormenores y riquezas de la catedral.

A primeros de julio, poco antes de San Fermín, se hallaba de visita en Pamplona el coronel del Estado Mayor Félix Torrecilla, oficialmente para una revisión médica, pero en realidad para entrevistarse con el general Mola, gobernador militar de la plaza. Julián había conocido en Madrid al militar a raíz de una reunión a la que asistieron ambos. Aprovechó la coyuntura y le invitó a visitar el tesoro de la catedral. Tomó precauciones e hizo figurar al coronel como visitante, figurando él como mera compañía.

En vísperas de las fiestas, preguntó en la catedral por el canónigo fabriquero, don Basilio Ruiz, pero se encontraba de baja y su puesto lo ocupaba temporalmente el canónigo penitenciario, don Juan Manuel Chavarri. Pidió hablar con él y, cuando poco después le recibió muy amablemente, le expuso el motivo de la visita. Explicó cómo su amigo -ferviente católico, añadió, aunque no le constaba tal condición- deseaba contemplar el afamado tesoro.

El eclesiástico se mostró encantado de ayudarle e hizo venir al sacerdote que ejercía de sacristán mayor, a quien pidió que ajustara con Julián el horario para llevar a cabo la visita. Quedaron para el día siguiente, 2 de julio, lunes, a las 12 del mediodía.

Y así fue cómo poco antes de la hora señalada acudió al Hotel Maisonave, en la travesía de Espoz y Mina, en donde se alojaba el militar, y juntos recorrieron las calles Estafeta, Mercaderes y Curia hasta llegar a la catedral.

El coronel era un hombre al que el uniforme le sentaba bien. Contaba con poco más de cincuenta años y gozaba de gran predicamento en la milicia. Julián intuía que su viaje a Pamplona tenía que ver con asuntos de mucha importancia.

Atravesaron la verja metálica que rodea el amplio atrio y a los pies de la fachada neoclásica se encontraron con el sacerdote, que se hallaba esperándoles.

[…] Penetraron en un elegante y fragante salón de estilo rococó, casi frívolo en su ornamentación fastuosa. Julián se dispuso a tomar nota mentalmente de todos los detalles, pues era importante reunir cuanta más información mejor. En su domicilio transcribiría y ordenaría todo lo visto. La sala, de grandes dimensiones, tiene un ventanal que da al Paseo de Ronda o del Redín, protegido por gruesos barrotes de hierro, y dos anexos laterales y un tercero opuesto a la ventana que aloja en su interior una fuente de mármol barroca.

Zaldúa se fijó de una manera especial en las comunicaciones que la sacristía tenía con el exterior. Eran cuatro: la puerta que comunica con la Capilla Barbazana, otra que lo hace con la Sala Capitular, el ventanal que da al Paseo de Ronda y la puerta por la que habían entrado desde el templo.

Y, allí, a la izquierda de esta, se hallaba lo más importante, la cámara del tesoro. Zaldúa, que observaba con suma atención todos los movimientos del sacerdote, pudo ver como este sacaba de su bolsillo tres llaves y con una de ellas abrió la primera de las puertas, de madera, que a su vez daba acceso a otra mucho más robusta forrada con una gruesa chapa de hierro y cerrada con dos sólidas cerraduras, que el sacristán abrió con las otras dos llaves. Ante sus ojos se mostraron las joyas que lo componían. Allí estaba el tesoro que le habían encargado enajenar. Así lo pensaba, puesto que la palabra robar le creaba una cierta desazón.

La cámara constaba de dos habitaciones, en la primera de las cuales, a mano izquierda según se entraba, había un pequeño armario en donde se hallaba la pieza de más valor: la arqueta arábigo-persa (hispano-árabe) del siglo XI. El sacristán les explicó que la arqueta había estado en un principio en el Monasterio de Leyre guardando las reliquias de las Santas Nunilona y Alodia, y que más tarde pasó a la iglesia de Santa María la Mayor de Sangüesa, de donde fue llevada a la catedral de Pamplona. Tenía grabada la fecha de su fabricación, año 1004. “Mide treinta y ocho centímetros de largo por veintitrés de ancho. Está decorada con escenas agrupadas en compartimentos circulares lobulados, en donde se reproducen escenas de la vida del Califa en los jardines, combates, torneos, caza de fieras, comidas etc. Varias firmas de artesanos se encuentran disimuladas entre las figuras.”

-Según mis noticias, hacia 1930, ofrecieron por la arqueta cuatro millones y medio de pesetas, además de una réplica de la misma. Pero creo que su valor es muy superior, puede que supere los diez millones, aunque es muy difícil dar un valor concreto y terminante. Un coleccionista maniático podría llegar a dar cifras muy superiores.

-Resulta impresionante lo que esos millonarios excéntricos son capaces de gastar en sus colecciones privadas de obras de arte -apostilló el coronel.

En la misma habitación se guardaban las coronas de la Virgen del Sagrario, “con cuatrocientas noventa y cinco esmeraldas, mil ochenta y siete diamantes, y setenta y cinco onzas de oro, y la del Niño, con ciento setenta y dos esmeraldas y ciento noventa y dos diamantes. Las dos interiormente cinceladas”.

En la habitación interior se encontraba el famoso Toisón de Oro:

-En él se da la circunstancia de ser uno de los tres procedentes de la primera modelación. Cuando en la visita de Alfonso XIII a Pamplona el 16 de julio de 1912, con motivo de cumplirse los setecientos años de la batalla de las Navas de Tolosa, acudió a la catedral y le mostraron el tesoro exclamó admirado: “¡Si es mejor que el mío!”, refiriéndose al Toisón.

También se guardaban las tres cruces con su soporte cuadrilobulado del santísimo Lignum crucis, que, según explicó devotamente el guía, contenía tres pedacitos de la cruz en la que fue crucificado el Salvador:

“Las reliquias fueron regaladas por el emperador de Constantinopla Manuel Paleólogo al rey Carlos III el Noble, cuando acudió a París en solicitud de ayuda militar contra los turcos. En la Epifanía de 1401, Alejo de Urana, embajador bizantino, entregó a Carlos de Evreux unas partículas de la cruz y un trozo de la túnica de Jesús, a cuyo contacto sanó de sus males. Por orden del rey, su confesor García de Eugui, obispo de Bayona, recibió las reliquias y las llevó en procesión por el claustro acompañado de todo el clero de la ciudad. Mandó construir un relicario en forma de templete gótico, rematado por tres grandes cruces, con incrustaciones de esmeraldas, esmaltes y perlas”.

En las dos habitaciones se guardaban también multitud de joyas: pectorales de oro y topacios, rostrillos de perlas, cadenas y lazos de oro, cruces, pulseras, pendientes, collares, muñequeras, relicarios, alfileres, cálices, anillos, hebillas, rosarios, etc., la mayoría de oro con pedrería. Además vieron varias barras de plata.

Quedaron impresionados por las enormes riquezas del tesoro y Julián procuró retener la mayor parte de los detalles que veía.

* * * *

Le explicó que se trataba de una operación de envergadura, el robo de la catedral de Pamplona y cómo tras de esa acción se encontraba una importante organización. Le habló del tema de la seguridad y del secreto absoluto en que se debía llevar el asunto.

Procuró que comprendiera perfectamente que se trataba de un trabajo muy serio, en el que podía ganar mucho dinero, pero a condición de que cumpliese a rajatabla las indicaciones que le indicara. Le hizo ver que no se admitían las iniciativas personales, ya que todo iba a estar perfectamente coordinado, y que para que fuese así, era necesario un compromiso por su parte de acatar las órdenes que se le dieran.

De la Motta aseguró que estaba dispuesto a cumplir lo que se le ordenase sin discutir ni poner trabas. Afirmó que era una persona disciplinada y sobre todo muy profesional, por lo que ni Zaldúa ni los miembros de la organización debían albergar la más mínima duda de su capacitación para desarrollar la misión que le encomendaran.

[…] Zaldúa explicó a De la Motta que no tendría que ejecutar el robo en persona, sino únicamente elaborar un detallado plan para que otros lo llevasen a cabo. Es más, en la fecha del robo debería estar en Francia, con lo cual tendría una coartada perfecta para mantenerse fuera de toda sospecha. No pudo concretarle la cuantía exacta de la recompensa, pero sí que esta sería muy importante y que estaría relacionada con la venta del botín, mejor dicho, de parte del mismo, excluidas las cinco piezas principales. En cualquier caso no inferior a doscientas cincuenta mil pesetas. El mejicano quedó sorprendido al escuchar aquella cantidad.

* * * *

Como tarea prioritaria antes de abandonar París, quería dejar encarrilada la venta de las piezas más valiosas del tesoro. Para ello se puso en contacto con Lady Barbara Mitchell, norteamericana residente en París, donde regentaba una afamada tienda de antigüedades, desde la que se relacionaba con lo mejor de la sociedad francesa y tenía contactos en todo el mundo. Sus conocimientos de arte eran vastísimos y su reputación como experta en tasaciones de antigüedades estaba contrastada internacionalmente. […]

-¿Y, bien, señor De la Motta, a qué debo el honor de su visita?

-Como ya se puede imaginar, necesito de sus servicios. Se trata de un asunto importante, mejor dicho, muy importante, de una gran envergadura.

-Entonces…, estamos hablando de mucho dinero y los beneficios estarán en consonancia.

-Así es. La operación está todavía en su fase preparatoria. Es un trabajo diseñado por personas muy serias que, antes de llevar a cabo el golpe, desean tener el material vendido.

-¿Y puedo saber en qué consiste dicho material? -indagó la anticuaria, con un gesto de curiosidad.

-Naturalmente. Estoy hablando ni más ni menos que de cinco piezas que forman parte del tesoro de la catedral de Pamplona.

-¡Ah! ¡La famosa arqueta árabe! -exclamó rápidamente Lady Mitchell irguiéndose en el asiento.

-Efectivamente, la arqueta de marfil tallada en el año 1004, y también el Toisón de Oro, uno de los tres primeros, un magnífico Lignum crucis y dos riquísimas coronas de oro cuajadas de pedrería. Piezas realmente excepcionales todas ellas y que todo buen coleccionista ansía poseer, ¿no cree?

Procedió a entregarle las fotografías de la arqueta, las coronas y el Lignum crucis, y, mientras la señora las contemplaba, fue desgranando los datos que obraban en su poder, así como las circunstancias históricas que rodeaban su aparición y los materiales empleados en su fabricación. Le hizo entrega de las notas que acababa de leerle.

-Son unas joyas maravillosas -dijo extasiada, y se quedó pensativa.

-Entonces, ¿se puede hacer cargo de realizar las gestiones necesarias para venderlas?

-Con mucho gusto. La arqueta es fácil que pueda colocarla en los Estados Unidos, mientras que el Toisón lo intentaré vender aquí mismo, en Francia. En cuanto al resto, ya veremos… Tal vez en Alemania o Bélgica, en Suiza… ¿Me puede decir para cuándo estarán disponibles?

-No puedo certificarle la fecha exacta. La operación aún tardará en concretarse unos meses…

-Bien, en cualquier caso esperaré sus noticias. Por cierto… ¿cuál será mi parte? ¿El 15%, como en anteriores ocasiones? –

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