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Gernika y Picasso. 80 años después PDF Imprimir E-mail
Arantzazu Ametzaga Iribarren   
Viernes, 28 de Abril de 2017 11:43

“La pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo”, afirmó Pablo Picasso de su Gernika, la pintura más expresiva del arte del S.XX, en su mensaje antibelicista. Dudando desde enero de 1937 del encargo que le habían hecho para el pabellón español de la Exposición Internacional de París de 1937, Picasso, al saber del bombardeo de Gernika, sintió una conmoción en su alma democrática, una revolución en su sentir humano, una rebelión en su espíritu por el atentado contra el símbolo libertario.

Si durante meses no había encontrado la idea que moviese su instinto ni agilizado sus manos, tras conocer el holocausto de Gernika encontró el motivo de estampar en un lienzo la irrevocable advertencia del apocalipsis en el que Europa iba a sumergirse. Su mente comenzó a imaginar paisajes, sus ojos a buscar colores, sus manos se hicieron rápidas y las horas, minutos y segundos de aquellos sesenta días en que trabajó su obra, se volvieron febriles y pródigas.

Era la protesta airada de un hombre sensible contra la barbarie de la matanza, disimulada de ideología, que propugnaban hombres como Franco, Hitler, Mussolini y Stalin. Solo frente al lienzo, imagino a Picasso deliberando contra todas las guerras padecidas por la humanidad, y los desastres vitales que las mismas determinan. La hilera de los muertos, de los tullidos, de los prisioneros, los fusilamientos, las cárceles abarrotadas de seres humanos en la más baja de sus condiciones: la ausencia del derecho y por lo tanto de la justicia.

Picasso visualizó al pueblo vasco, soporte de tanta maldad, buscando un símbolo que definiera la barbarie cometida, y lo encontró, según afirmaba Oteiza, en el caballo-tótem capturado y silente en las cuevas del Neolítico, en Santimamiñe, que lanza su relincho de alerta en la tarde trágica de Gernika, protestando por la dignidad humana atropellada. Y el grito que es pura angustia de la mujer-pueblo descuartizada, al hombre-pueblo encarnecido, el soldado-pueblo-gudari, ocupante de la base del muro lamentoso, pedestal de semejante tragedia, para el que Oteiza suplica que no haya sepultura pues se trata de una muerte intemporal. Gernika pudo ser destruida, la guerra perdida, pero la libertad no iba a morir.

Pocas veces mirando una obra de arte la imaginación del espectador se desprende de ella, recorriendo el camino de regreso a Gernika

El color del lienzo tenía que ser gris, ese intermedio entre la nada del negro y del blanco, color de la muerte. Parece que Picasso, en un momento, quiso poner una lágrima roja en los ojos del toro, pero la retiró, porque nada podía distraer la atención del holocausto sufrido por Gernika.

Pocas veces en la historia del arte un cuadro ha tenido el impacto del Gernika de Picasso. Pocas veces mirando una obra de arte la imaginación del espectador se desprende de ella, recorriendo el camino de regreso a Gernika. Y ve la ciudad bombardeada, los hombres, mujeres y niños abatidos por los aviones de la Legión Cóndor, los más formidables de ese momento, Junkers 52, Heinkel III, 51 y 52 (cazas) 59, 60, cazas italianos ligeros y escuadrillas de aviones de los militares españoles sublevados. Contado el tiempo de la barbarie con eficacia germánica, cuatro horas, se supo en cuanto tiempo se podía bombardear una ciudad y comprobar el terror padecido por su población civil y calcular su exterminación.

Gernika fue reducida a ruinas. Las llamas iluminaron el cielo del país de los vascos durante aquella noche hórrida, y la resistencia contumaz del frente vasco, liderado por su Gobierno, se resquebrajó. Días después, y en ejemplar orden, se comenzó la evacuación de los niños enfermos, de los demás, en definitiva, la de 200.000 vascos que partieron al exilio prefiriendo perderlo todo a quedarse expuesto a las fuerzas del mal demoníaco.

El roble de Gernika quedó en pie, símbolo sagrado de que la libertad iba a prevalecer sobre la injusticia padecida. Un árbol que Picasso no puso en su cuadro porque quería hacer hincapié en la desesperanza, en el sufrimiento, en la muerte. Hoy, 80 años después, queremos homenajear la vida y la resurrección de un pueblo sometido a semejante atropello.

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