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Lamentación de Catalina de Foix PDF Imprimir E-mail
Arantzazu Ametzaga Iribarren   
Miércoles, 21 de Junio de 2017 15:42

Catalina, en su palacio de Orthez, lamentaba la capitulación de Pamplona, el incendio de los caseríos y campos de labranza, el arrasamiento de Donibane Garatzi, llave del reino, que hasta allí llegaron los conquistadores con sus teas, comandados por el duque de Alba bajo la orden de Fernando de Aragón, heredero de la querencia de su padre Juan de mantener a Navarra para sí y sus descendientes por nunca jamás. La reina de Nabarra consideraba la fuerza numérica del enemigo y el poder de su artillería. Rendidas Lumbier, Viana, Estella, Miranda, Cáseda, valles de Aezkua, Salazar… se perdía el reino. El hijo bastardo de Fernando, arzobispo niño de Zaragoza y lugarteniente adolescente de Nápoles, ofrecía prebendas forales a la refractaria Tudela, empujándola a la capitulación.

Catalina de Foix era heredera de los gestores del Gobierno de Navarra sustentado en tres estados: nobleza, eclesiástico y de la universidad o de las villas o del pueblo. De los reyes pirenaicos, de los de la Casa de Champaña, de los Evreux… Carlos III el Noble abogó por la tranquilidad de Estella y Tafalla, dictando el Privilegio de la Unión que normalizó la vida ariscada de Iruña, realizando un amejoramiento de los Fueros, convirtió a Olite en el más bello palacio europeo. Los reyes, mientras estén en la obligación de reinar, ejercicio perpetuo se lamentaba Catalina, necesitan de una corte esplendorosa para recibir embajadores, dignatarios de la Iglesia y entretener al pueblo con festejos. Olite fue elegido para eso, castillo de las quince torres diferentes, jardines con limoneros, habitaciones recubiertas de tapices, y en el techo de su cámara real colgaban de cadenillas de bronce concluidas en discos que, al soplar la brisa, sonaban cual música celestial. Allá se solazaba en las tardes veraniegas, sobre su lecho de plumas, con su libro en la mano.

Olite mantenía, a más, una biblioteca, creada por su desgraciado tío Carlos, príncipe de Viana, bibliotecario y escritor, que intentó introducir en el reino flagelado por guerras banderizas la corriente artística de Florencia y Venecia, publicando libros, procurando que al néctar de la cultura lo absorbieran los habitantes del reino. Ella y Juan, su rey consorte, aumentaron su caudal, aspiraron a que en la lengua que hablaba el pueblo llano, el euskera, se publicaran obras. Barajaron instalar una escuela de traductores, como la de Toledo, que propagaran textos para que cada quien los leyera según su lengua materna, cosa que alegra el corazón y facilita el pensar. Soñaron reconstruir la Biblioteca de Alejandría, recoger textos de Hipatía, la bibliotecaria astrónoma, cosmógrafa y geógrafa, que alertó de la órbita de la tierra alrededor del sol y que fue asesinada por hereje, testimonio ahora verificado por el navegante Colón y el cartografía Vespucio: la tierra resultaba redonda, trajinando alrededor del sol, estático en el espacio sideral. Novedades que revolucionaban el pensamiento y preparaban a la humanidad a un nuevo concierto de pensar sin miedo, basándose en la razón.

Catalina apartó de sí sus desvíos intelectuales porque debía comandar la próxima insurrección de Nabarra. No podía ofrecer libros, sino procurar armas. Nada de bibliotecarios, sino soldados. No fuegos de artificio, que necesitaban pólvora para alimentar cañones y, en vez de deslumbrar a la gente, matarla. Condenada estaba, pese a que las fuerzas se escapaban de su cuerpo, en entablar una guerra por evitar la muerte de Nabarra, manteniéndola sujeta a ambos lados del Pirineo, tal como nació. Desolada por la muerte de su último niño, lo consagraba, cual Ifigenia, al altar de la guerra, que los vientos no rolaban favorables. Su tío Fernando quería ser rey de Nabarra e introducirla en el contexto de un imperio donde no se ponía el sol, dominada la península Ibérica y media de la itálica, parte del continente, descubiertas las Indias, y ya que la tierra se movía, establecerse él como sol extático de la Cristiandad.

Recordó a Juan de Jasu, su consejero, destruido su castillo de Xabier, con sus hijos luchando por el reino, dirigente del Consejo Real, Tribunal Supremo y que, como letrado de Bologna, disertó sobre las bulas de Julio II esgrimidas por Fernando, auténticas y falsas, ninguna rectificada, que facilitaban la usurpación de la Corona de Navarra pues aducían que ayudaron con armas al rey hereje de Francia, herejes por lo tanto también y razón suficiente para conquistarla. Los nabarros -comentaba Jasu con pesar-, dimos a Dios lo que es Dios y al César lo que es del César porque alentaba en nosotros y en vos, nuestra reina, que vales tanto como cada uno de nosotros, que no más, algo de lo que podemos estar orgullosos, porque separa el límite de lo civil de lo religioso, patrocinando la libertad de conciencia… a ver el ejemplo de Tudela en cuyo claustro catedralicio se reúnen cristianos, judíos y musulmanes a debatir. Negado el derecho de conquista, nuestras leyes de comercio, de arbitraje internacional, asilo, pase foral. Un pueblo avanzado en su ley civil pero sometido por la fuerza militar y enfrentado al mismo dilema que nos conmovió ante Roma: cómo sobrevivir a esta catástrofe. Los pueblos, conjunto de seres humanos, han sido creados para ser libres y el deber de sus gobernantes es desarrollar esa libertad. Nos ha sido negada esa facultad con esta conquista.

Catalina, desolada, protestó y musitó: “…Mis estados llegaron en parte desde el mar de Occidente y desde Fuenterrabia hasta el mar del mediodía, y confines del estado de Rosellón, están pegantes a los reinos de Castilla y de Aragón, conteniendo los montes Pirineos… trataré de rescatar lo perdido, y aunque la muerte me aceche, dejaré a mi hijo Enrique el legado de su reconquista. Y a los hijos de los hijos de todos los navarros, su obligación de restablecer lo que fue bueno y avanzado en la Europa de su tiempo”.

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