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Julio Urdin Elizaga   
Miércoles, 23 de Agosto de 2017 15:36

Si toda ciencia histórica basa tradicionalmente su conocimiento en el documento escrito, la defensa de una realidad existente al margen del mismo es labor que desde la misma tradición ha venido a ser desempeñada por otros ámbitos de las ciencias del espíritu, de la cultura, como pueda ser la descriptiva etnografía derivada en instrumento del conocimiento antropológico a través de la etnología así como del, al menos para quien escribe, más confuso término de etnociencia del cual la etnohistoria forma parte desde el ámbito de las humanidades. Viene a cuento lo último de una serie de obras que desde el ámbito filosófico del fenomenólogo parecen seguir la propuesta de Leibniz traída de la mano por Maurice Merleau-Ponty de querer conseguir el enfoque de un punto de vista desde ningún lugar como el espacio de todas las perspectivas tanto reales como imaginadas. Exactamente, siguiendo al autor francés: “...el geometral de estas perspectivas y de todas las perspectivas posibles, eso es, el término sin perspectiva desde el que puede derivarse todas, es la casa vista desde ninguna parte (...). Lo que quiero expresar con ello es una cierta manera de acceder al objeto, la mirada, tan indubitable como mi propio pensamiento, tan directamente conocido por mí. Nos hace falta comprender cómo la visión puede hacerse desde alguna parte sin encerrarse en su perspectiva”.

Una de esas miradas que arraiga en la no-lugaría del presente es la del pasado, deviniendo bien por ciencia o por tradición en forma de recuerdo o rememoración. Por otra parte, convendría recordar aquí, como lo hacen los autores de La mente fenomenológica (Gallagher & Zahavi) respecto de la temporalidad asociada con la memoria, del hecho de que: “Una percepción no puede ser meramente percepción de lo que es ahora; al contrario, toda percepción del segmento presente de un objeto incluye una retención del segmento inmediatamente pasado y una protención de lo que está a punto de ocurrir. Así pues, la presencia perceptiva no es puntual; es un campo en el que ahora, no-ahora y todavía-no-ahora se dan en forma de horizonte”. Este esquema basado en la doble negatividad de un pasado contado (ya inexistente) y un futuro imaginado (por existir), independientemente de interpretaciones basadas en la linealidad o circularidad de su relato, es universal y constituyente del modo de pensar y actuar de la especie humana formando parte de su conciencia. Conciencia que para ambos autores constituye “la generación de un campo de experiencia vivida”. Y extrapolando una enseñanza de la aprehensión perceptiva fenomenológica a otros ámbitos del conocimiento deberemos ser conscientes de que tras la realización de ciertos movimientos pueden manifestarse aquellas partes ocultas a la condición natural de nuestra visión (“Mientras que el perfil que de hecho se presenta del objeto está correlacionado con mi posición corporal actual, los perfiles ausentes se correlacionan con las posiciones que podría adoptar, y esto significa, según Husserl, que se correlacionan con mi sistema cinestésico”). Por lo que cupiera entenderse el que la complementación para la conciencia por lo ausente de lo presente viene a ser doblemente inspiradora y necesaria, teniendo como norma el hacerlo, incluso, de forma no consciente dentro de un esquema automático que más tarde de forma conceptual habremos de aplicar al conocimiento.

Ser conscientes de la posesión de un conocimiento desde la práctica ausencia del dato hizo en su día preguntarse al historiador Xabier Zabaltza Pérez de Nievas sobre la cuestión de la presencia del euskera en Navarra, a la que ahora en cierto modo parece dar respuesta su colega el también historiador Peio J. Monteano Sorbet. No sin cierto retraso acabo de leer un breve ensayo del primero, en su versión castellana, titulado Nosotros, los navarros, editado por Alberdania en 2009. Diagnostica en el mismo, no sin cierta ironía y ánimo provocador, que el problema de los navarros actuales es el de la creciente polarización de los postulados mantenidos por hispano-navarros (fachas) y vasco-navarros (progres), concluyendo en que: “Lo más parecido a un navarro españolista es un navarro vasquista”. Y referido a la cuestión lingüística desde la óptica del historiador llama la atención sobre la práctica ausencia de documentación, aun medieval, con la que se cuenta para hacer frente al reto de la extensión de una lengua que en su tiempo, 1167, calificara Sancho el Sabio como lingua navarrorum, matizando el hecho de que la vinculación de la lengua al concepto de nación ha conseguido hacer que obviemos una realidad que desde siempre se imponía en su evidencia; aquella de que el “euskera solo es la lengua de algunos vascos”. Puestos a cuantificar, siendo generosos, uno de cada cuatro, y esto en el año de 1877. Y en todo caso llega a interrogar sobre si: “¿Es la lengua la que fundamenta la conciencia nacional o es la conciencia nacional la que crea la lengua?”. Él habla con conocimiento de causa, pues no en vano es autor de Una historia de las lenguas y los nacionalismos (Gedisa, 2006).

Muy otra es la conclusión a la que llega el también historiador, además de sociólogo y técnico superior del Archivo Real y General de Navarra, Peio J. Monteano Sorbet, analizando tres siglos atrás esa misma realidad en su obra El iceberg navarro (Pamiela, 2017). Así este autor concluye, a través de relatos puntuales y estudios estadísticos, que ante la realidad lingüística de nuestro reino en el siglo XVI, donde más de la mitad de la población navarra era netamente euskaldún, calculando entre un setenta u ochenta por ciento los que lo hablaban, teniendo en cuenta la amplia franja de la misma necesariamente bilingüe en la zona castellanohablante del reino, la administración del reino se vio obligada a funcionar como “una enorme máquina de traducción”. Ahora bien, lo que realmente me interesa del mencionado ensayo es su capítulo epilogal donde viene a redundar en una reflexión ya iniciada en su día por Lacarra: “A lo largo de los capítulos anteriores hemos podido comprobar cómo, en el caso de la historia del euskera, la documentación actúa como una especie de cristal empañado. Podemos ver a través de él, pero solo borrosas siluetas. Con frecuencia -como decía Lacarra- el historiador tiene la sensación, casi la seguridad, de que está leyendo a una persona que, en realidad, habla y hasta piensa en lengua vasca. El euskera está sencillamente allí, pero no es fácil verlo y, menos aún probarlo”.

En definitiva, esta presencia en la ausencia de la no-lugaría del dato recogida en sus índices, ahora que impera la denominada religión dataísta, constituye todo un propósito fenomenológico. Esta no-lugaría que es la base sobre la que se asientan todas las miradas sobre el lugar y extensión del territorio de vascoparlantes y castellanohablantes debe admitir asimismo todas las críticas razonadas a las que pueda dar lugar en su impenitente búsqueda de la verdad. Y, no obstante, a una con el filósofo Jean Louis Chrétien podemos afirmar el que: “Ninguna historia puede ser trazada sin que se borre su prehistoria, no hay historia sin documentos perdidos”. Concluyendo, por si esto fuera poco, con la constatación realizada por el pensador cristiano Charles Péguy, en su obra Clio, de que: “La historia se hace también contra los documentos. Es más, se hace sobre todo contra el documento”.

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