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Galiza mártir en la memoria PDF Imprimir E-mail
Xosé Estévez   
Lunes, 25 de Septiembre de 2017 13:56

DICHO encaje implicaba aparcar indefinidamente la revisión del pasado republicano y de la guerra, bautizada como civil. Todo ello en aras de la imperiosa reconciliación nacional. Se aplicaba el consabido tópico de guerra fratricida al conflicto provocado por los sublevados militares, con apoyo civil, achacándolo a la falta de sentido cívico de las naciones del Estado, a la insuficiencia innata hispana para la convivencia social, a la estulticia de la masa común y a la incapacidad congénita para el ejercicio de la democracia. Los guerrilleros antifascistas, que luchaban en las montañas a favor de la democracia, eran motejados como vulgares atracadores, bandoleros o escapados.

Esta vergonzosa y calculada estrategia produjo una ocultación de la memoria histórica colectiva, arropada bajo el manto de las bondades del régimen constitucional. La Transición derrotó a las víctimas por segunda vez, al convertirlas de nuevo en víctimas del silencio y del olvido. Esta hábil operación cosió eficazmente el tejido social y no pudo ser contrarrestada por una minoría de historiadores que, una y otra vez, contra viento y marea, luchábamos por resucitar del forzado letargo el pulso de la memoria.

Es cierto que una fuerte represión afectó a las capas más bajas del pueblo español, pero en las naciones periféricas del Estado, Catalunya, Euskal Herria y Galicia, alcanzó una triple intensidad represiva: política, social y nacional. Fue un tumor permanente, silencioso y adherido al imaginario colectivo, que intermitentemente revive y aventa la ceniza de la memoria. En Galicia, como en Navarra, prácticamente no hubo guerra y los sublevados vencedores utilizaron tácticas de verdadero exterminio, eficiente y selectivo en la desaparición y sofisticado en la implantación generalizada de la sicología del terror.

Dos varas de medir En el Estado español sucedió un extraño y antinómico fenómeno. Los fascistas vencedores en el ejercicio antidemocrático del poder por la fuerza, se cargaron a todo animal racional bípedo viviente, remededando una expresión usada por D. Pío Baroja para definir al requeté. Pero cuando se reinstauró la democracia, en aras de la convivencia cívica exigieron para ellos respeto y tolerancia. Dos distintas varas de medir, sujetas a la conocida ley del embudo, que saben aplicar muy bien los españoles, incluso en la actualidad. Todavía hoy nos vemos obligados a asistir al esperpento del pazo de Meirás y a la no anulación de los Consejos de Guerra sumarísimos contra Alexandre Bóveda, Lluis Companys, Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido, Florencio Marquiegui y una inmensa multitud de nacionalistas y no nacionalistas.

Los demócratas reivindicamos la memoria para hacer justicia, levantar la pesada losa del terror y del silencio y no sufrir un alzhéimer colectivo, el primer paso para que los pueblos desaparezcan en el mar insondable de la historia. La verdad puede resultar incómoda para algunos, pero el olvido mata y es un obstáculo insalvable para la salud y la dignidad de cualquier sociedad, que se precie de ser civilizada y no domesticada.

El perdón es un acto individual de generosidad, pero la verdad, la justicia y la restitución de la dignidad son de obligado cumplimiento. Necesitamos recordar, pues es la única forma de devolver la vida a los que la perdieron en épocas de execrable vesania.

La amnesia que acompañó a la restauración de la democracia y la falta de iniciativas para recuperar la memoria histórica han provocado un empobrecimiento de la democracia y abonó el terreno para el resurgimiento de las tendencias autoritarias. La recuperación de la memoria es urgente, pues la historia, a veces, no tiene tiempo para ser justa. Los usufructuarios sociológicos del franquismo y los herederos ideológicos de los represores encontraron el camino de la memoria desbrozado de justicia.

Es absolutamente imprescindible la apuesta por la memoria histórica y la lucha contra la amnesia colectiva impuesta, ya que propugna el opio de las conciencias, borra la memoria y siega la capacidad de transformación sociopolítica. Hay que implicarse a fondo en esa labor, pues a la memoria nunca se le acaba el tiempo. Para algunos es una maleta demasiado pesada, pero precisamente por ello es necesario abrirla con el fin de aligerarla. El pasado es muy rebelde y obstinado. Siempre vuelve y a veces en forma de leyenda.

La figura de Bóveda Por eso hoy me atrevo a recordar la figura martirial de Alexandre Bóveda. Era secretario general del Partido Galeguista en 1936. Excelente persona, gran organizador, dotado de una estraordinaria altura de miras, dialogante, respetuoso, hogareño, amante del deporte y del canto, favorecedor de humildes y desprotegidos, experto hacendista, cristiano progresista practicante, seguidor de un Cristo humanista y liberador de cuerpos y almas, redactor del pacto Galeusca de 1933 y profundo nacionalista gallego. Fue fusilado el 17 de agosto de 1936, a los 33 años, después de una farsa de Consejo de Guerra sumarísimo, en A Caeira, municipio de Poio, cercano a Pontevedra. Su esposa embarazada daría a luz una hija póstuma, Amalia, quien recordó a su padre emocionada el pasado 17 de agosto en el cementerio de San Amaro de Pontevedra. En el lugar del ignominioso fusilamiento existe un monumento que recuerda tan fatídica fecha, considerada por los gallegos normalizados, es decir, patriotas, como El Día de Galiza Mártir. Esta efeméride comenzó a celebrarse en el exilio de Buenos Aires en 1942, con participación en ella de vascos exiliados como Francisco Basterretxea o Pedro de Basaldúa.

El citado 17 de agosto participé en los actos y me comprometí internamente a esparcir en la patria vasca el aroma sublime que emana de esta figura simbólica de todos los masacrados en el circo de los leones fascistas.

Traigo a colación dos textos de Alexandre Bóveda que definen perfectamente su pensamiento, su actitud vital y sus valores: dignidad, coherencia, compromiso, generosidad, ausencia de odio, capacidad de perdón, sacrificio ilimitado, amor a la patria gallega, grandeza moral, altura espiritual, defensa de la libertad, de la concordia, de la justicia, de la paz y de la solidaridad internacional. El primero es la declaración final que pronunció, en circunstancias dramáticas y con una serenidad incomparable, ante el remedo de Tribunal que lo juzgó el 13 de agosto de 1936, cuatro días antes de su fusilamiento: “Mi patria natural es Galicia. La amo fervorosamente. Jamás la traicionaría, aunque me concediesen siglos de vida. La adoro más allá de mi propia muerte. Si entiende el Tribunal que por este amor entrañable debe serme aplicada la pena de muerte, la recibiré como un sacrificio más por ella. Hice cuanto pude por Galicia y haría más si pudiera. Si no puedo, hasta me gustaría morir por mi patria. Bajo su bandera deseo ser enterrado, si el tribunal juzga que debo serlo”.

Su llamada a Euzkadi Otro texto inolvidable es el llamamiento, redactado en lengua gallega por Alexandre como secretario general del Partido Galeguista para que los gallegos residentes en Euzkadi votasen a favor del Estatuto Vasco, en el referéndum a celebrar el 5 de noviembre de 1933. Fue incluido en el periódico El Día (1-11-1933), en el idioma original. Tengo la osadia de traducirlo al esperanto peninsular: “A favor del estatuto vasco. El partido galeguista a los gallegos residentes en Euzkadi. Hermanos: El Partido galeguista -vanguarda de la Galiza erguida y renacida- en la Asamblea extraordinaria convocada en Compostela, acordó, entre vítores y aplausos fervorosos, dirigiros un llamamiento caliente y cariñoso para que el día 5 de noviembre, en ese Día Grande para Euzkadi, votéis como un solo hombre el Estatuto de esa Tierra hermana donde vivís y trabajáis.

Los gallegos, diseminados bajo todos los cielos, hijos de una Patria esclavizada que lucha en este momento histórico por el preciado bien de su libertad, tenemos la obligación de ser soldados generosos y leales de la libertad de todas las Patrias. Allí donde un Pueblo luche por la resurrección de su personalidad nacional, los gallegos debemos ser sus primeros y más esforzados paladines. Tal es la obligación de todo buen gallego, en quien los ajenos han de ver siempre la personificación de nuestras virtudes raciales. Y esta obligación es ineludible en el caso de nuestra hermana Euzkadi.

Patria prócer y patriarcal como la nuestra; como la nuestra atravesada por el duro esfuerzo del campo y del mar; con una tradición democrática gloriosa, enrejada también a lo largo de muchos siglos, ha de ser, con Cataluña y Galiza, en esta hora de crisis, esperanza de una nueva Hispania, basada en principios más justos y generosos de paz y de concordia, solamente posibles en el acorde majestuoso de las nacionalidades naturales, donde la Lengua, la Raza, la Geografia y el Trabajo son vínculos eternos de Fraternidad. Lo exige también la vieja amistad de las dos Patrias hermanas, intensificada últimamente por los comunes deseos de libertad.

Amistad sellada no solamente en el perímetro peninsular, sino también en los núcleos de emigrados de ultramar. ¡Amistad que debe florecer con pujanza en el Día del Plebiscito del Estatuto Vasco, fecha gloriosa de Euzkadi, en la que Galiza, dignamente representada por vosotros, quiere participar! ¡Hermanos en la tierra! ¡Que jamás los patriotas de Euzkadi tengan que decir de vosotros que fuisteis desleales con la hospitalidad, con el trabajo y con el pan que con ellos compartís! Galiza, la Madre cariñosa, cuyo recuerdo lleváis en los ojos y en el espíritu, mientras aguarda deseosa la hora de su propia libertad, os pide fervorosamente que ayudéis a Euzkadi a lograr la suya. ¡Votad todos el estatuto de Euzkadi! ¡Hermanos en el espíritu! Como si de nuestra Galiza se tratase, poned todo vuestro esfuerzo a favor de la Patria hermana!”.

Bóveda, con su palma martirial y su sacrificio patriótico, nos regaló la última lección de un auténtico maestro, removió las conciencias y levantó a la hornacina cimera del santoral cívico a todos los asesinados y represaliados gallegos y no gallegos. Nos señaló el camino a los patriotas de las pequeñas naciones sin estado. Tenemos la obligación de seguirlo: amar nuestras patrias y luchar por izarlas a la categoría de pueblos soberanos. De las llamaradas utópicas siempre queda alguna hoguera encendida. El patriotismo es un sentimiento tan intenso que no necesita ser muy extenso, tiene tanta calidad que no precisa mucha cantidad. Séneca decía: “Nemo quia patriam magna est amat, sed quia sua”, “Nadie ama su patria porque es grande, sino porque es la suya”.

DEIA