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Intelectuales al servicio del Tercer Reich PDF Imprimir E-mail
Iñaki Urdanibia   
Sábado, 21 de Octubre de 2017 09:26

Una importante obra sobre el tema anunciado en el título

La visión que habitualmente se tiene de los nazis, y de sus grupos de vanguardia y combate, es la de una banda de boronos descerebrados que arrastraban con todo lo que pillaban delante, a su marcial paso, siempre que esto oliese a judío o a doctrinas pervertidas por éstos; la detallada obra de Christian Ingrao, «Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS» ( Acantilado, 2017) echa por tierra esta grosera simplificación que acabo de indicar.

En principio, parece contradictorio que gente destacada en el terreno del saber pudiera caer en las redes del nazismo, más normal pudiera parecer que grises funcionarios cumpliesen las órdenes por más bestiales que estas fuesen que gente dedicada a actividades intelectuales, aunque de inmediato vienen a la mente algunas luminarias que se inclinaron, con ropas y bagajes, del lado de la bestia parda (¡ay, Ernst Jünger! ¡ay, Carl Schmitt!, ¡ay Martin Heidegger!… por no pasar lista en el campo de la ciencia, o de los directores musicales, o…), estos ya eran mayorcitos en el momento de su compromiso; una fiebre parece haber afectado a no pocos de los intelectuales alemanes como prendió en una gran parte del pueblo alemán, que no que engañado sino que vio en las soflamas del führer y epígonos, un impulso de orgullo patrio, que había sido humillado por los enemigos… que en su demencial y paranoica explicación estaban guiados por un complot orquestado por torvos judíos.

En la obra que leo, el objetivo está puesto en los jóvenes, ochenta, que no pasaban de los treinta años, con expedientes universitarios brillantes, y que prestaron sus servicios (economistas, lingüistas, filósofos o historiadores) al poder nacionalsocialista. Christian Ingrao se ha sumergido en los archivos del SD y de las SS y ha seguido el rastro a una serie de universitarios que llegaron a ocupar cargos de responsabilidad, ideológica y práctica, en la planificación, y ejecución, de la muerte al por mayor. El retrato que se nos ofrece nos hace ser conscientes, si es que no estaba claro, de la falacia que esconde la tan manida afirmación, publicitaria, de que el leer nos hace mejores personas… nos hará otra cosa, pero el terreno moral queda lejos de los libros y sus supuestos automáticos beneficios. Como ya queda señalado la ideología que empapaba el inconsciente colectivo germano penetró en todas las capas y estratos sociales: cerrar filas contra el enemigo, y para ello nada mejor que exterminarlo, en bien de la pureza aria, mera cuestión de higiene racial.

El historiados desvela las redes académicas y de amistad que jugaban un papel esencial a la hora de reclutar a lo mejor de cada facultad y los mecanismos de captación y ascenso nos son puestos ante los ojos de una manera que huye de la pesadez de algunos textos propios de la disciplina en la que se mueve el autor: aquí se cumple el clásico enseñar deleitando, o aun no llegando a tanto, la lectura sí que resulta llevadera, hasta el punto de hacernos sentir frente a un texto propio de la narrativa: vidas de personas que se presentan intrincadas en la vorágine de la tempestad asesina del nazismo.

Queda despejada en la obra la óptica de una causalidad meramente económica que cierto es que afectaba al pueblo alemán, el desempleo, las clases medias en declive, y la desesperación generalizada ante la falta de perspectivas… y que jugó una papel clave en el ascenso del nazismo y en el criadero de futuros afiliados al NSPD, que se presentaba como una salida enérgica a la debilidad de la república de Weimar; como digo, sin negar tales cuestiones, Ingrao pone el foco en los aspectos ideológicos; decía el otro que las ideas cuando prenden en las masas se convierten en un arma material poderosa. Es lo que queda claramente expuesto en la obra en la que se va desmenuzando el camino que condujo de la creencia a la destrucción.

La cultura germana –y no me refiero a la cultura de la muerte, que también- estaba presente en no pocos de los responsables de los campos, aficionados a las más sofisticadas composiciones de la música clásica, mas esta cultura también empujó a la muerte que más propio parecía que quedase encargada a desclasados furiosos o a funcionarios celosos de la obediencia debida; en este desplazamiento de la mirada y la responsabilidad reside el centro de gravedad de la documentada historia de ochenta universitarios en los años que van de los veinte hasta el proceso de Nuremberg, periodo en el que los personajes estudiadas no mostraron mala conciencia alguna.

La contundente obra está estructurada en tres partes: La juventud alemana, La entrada en el nazismo: un compromiso y Nazismo y violencia: el paroxismo de 1939-1945. Y a través de ese camino vamos entrando, a través de los jóvenes y los ambientes universitarios y culturales que frecuentaban se va tomando el pulso de lo que se palpaba en aquel tiempo en aquellos tiempos de posguerra –vivida por su progenitores y transmitida a ellos- y de la preparación de la lucha contra el enemigo. Más tarde veremos cómo la afiliación en las filas del partido hitleriano venía a suponer cierta cura a la angustia acumulada suponiendo a la vez era un horizonte liberador a la altura de las más logradas utopías. Tal futuro y la práctica les irá haciendo que desarrollen trabajos en los que florece con fuerza la mitología y las coartadas raciales acerca del retorno a las tierras esquilmadas por indeseables que eran precisamente la cara inversa del verdadero ser alemán, amenazado por los parásitos judíos y sus adláteres bolcheviques. Así el avance hacia el Este era una recuperación de un necesario espacio vital al tiempo que una labor de limpieza de quienes ponían en peligro la pervivencia de la patria germana. Y ya el paso definitivo y brutal es la directa participación en la fabricación de cadáveres y en los asesinatos al por mayor en tierras polacas con ocasión del avance de la Wehrmacht. La participación en tales faenas era tomada por ellos como un deber para con la patria humillada, teniendo por otra parte una valor redentor en lo personal y en lo colectivo; una contribución a defender el orden contra el caos que representaban los judíos y los bolcheviques… el peligro del Este.

No se obvia tampoco los cambalaches y las adecuaciones que hubieron de idear los jerifaltes nazis para hacer un hueco a los intelectuales, cuando la llamativa tendencia que definía al partido y a sus secciones de asalto era precisamente la de un desprecio al pensamiento, como muestra de blandenguería propia de judíos, para lo cual tuvieron que poner en pie una figura del intelectual comprometido siempre que este compromiso se basase en la ideología del conflicto, de la revancha, de la oposición tajante entre amigos y enemigos, y una planificación estricta para extender a las geografías invadidas, en las que habían prácticamente desaparecido las comunidades alemanas, la verdadera idiosincrasia germana: patria, hogar, higiene, mitos raciales y otros.

Y la prueba de fuego, de sangre y de muerte fue la operación Barbarroja en la que el avance hacia la patria de los soviets iba acompañada de una pintura de los orientales como una banda de salvajes, seres rudos y sin refinamiento alguno, que en el fondo no eran más que meros actores de lo que les dictaba la mano oculta de los judíos; puede verse así la mentalidad con que las tropas alemanas se enfrentaban a un enemigo diabolizado y pintado con tonos negros (¿o rojos?). Las escenas de violencia bruta allá observadas, o narradas con un claro prisma de aumento, les preparaba psicológicamente, al mismo tiempo que les confirmaba en la idea que sobre ellos se habían hecho, o habían oído. La descripción de los diferentes pasos, desde un desorden espontáneo al empeño por organizar las cosas de una forma más racional (de locura geométrica hablaría Primo Levi) que van desde la eliminación a tiros de poblaciones enteras, a la imposición de llevar signos distintivos que dejasen clara la condición de judíos en quienes habían de portarlas, hasta la posterior puesta en funcionamiento de los siniestros transportes y la aplicación del gas primero con los tubos de escape de camiones, para más tarde la industrialización del Zyklon B… todo en una lucha defensiva contra los peligros que amenazaban a la patria, con sus hábitos degenerados. Cambios estos últimos promovidos ante el desquicie –y el recurso a litros de alcohol quitapenas– de los componentes de la tropa por las situaciones vividas (los ejemplos de Browning sobre el batallón 101 eran realmente elocuentes ).

Una obra ejemplar, que fue materia de la tesis doctoral de Ingrao, que en la medida en que estudia, como centro, la participación los casos de la juventud diplomada, y doctorada en un treinta por ciento y los favores que estos recibían de cara a engordar sus curriculumes y su posterior promoción, que al tiempo que avanza abarca también la marcha de las operaciones bélicas, dejándose acompañar en la tarea por otros especialistas (diría que por todos) de los episodios visitados… con horror, el que provoca la visión de la realidad de los hechos.

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