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Julen Rekondo   
Lunes, 23 de Octubre de 2017 19:50

Estamos de nuevo ante una gran sequía. El Estado español encadena tres años hidrológicos con lluvias por debajo de las medias históricas. La situación es tal que la sequía ha avanzado durante el último año hasta producir que el número de zonas en alerta o emergencia por falta de agua se haya doblado en doce meses. Y si cogemos los últimos cuarenta años, se aprecia una merma en las precipitaciones muy importante. No hay más que ver los datos estadísticos del Ministerio de Medio Ambiente y de otros organismos. Pero como “todo va bien”, apenas se han tomado medidas. Solo el hecho de que al menos cinco comunidades autónomas hayan recurrido a camiones cisternas para poder abastecer de agua potable a los habitantes de pueblos y aldeas en Andalucía, Cantabria, Castilla y León, Castilla-La Mancha y Galicia.

Los últimos informes existentes a los que me referiré más adelante reflejan muy a las claras que “el cambio climático, con un aumento de la temperatura como se está dando progresivamente, causará una disminución de aportaciones hídricas y un aumento de la demanda de los sistemas de regadío”.

La Agencia Europea de Medio Ambiente señala que “las sequías y sus efectos sobre el caudal de los ríos son cada vez más graves y más frecuentes en el sur de Europa”, y, por tanto, en la península Ibérica.

Es decir, que tiende a llover menos, pero queremos más agua. Actualmente, en el Estado español, aproximadamente el 80% del agua se destina a regadío y el 20% restante en abastecimientos urbanos e industria.

Y se sigue sin afrontar la evidencia de que solo la mitad del agua de uso doméstico e industrial se usa realmente. O que se debe multiplicar o incrementar el suelo para regadío, cuando lo que se debería hacer es reducirse para afrontar la pérdida de recursos hídricos ya constatada en la península Ibérica.

Además, más de un tercio del regadío español es todavía por inundación, el método menos eficiente. Aunque ha bajado algo este sistema (denominado por gravedad), frente al goteo y la aspersión, en 2015 supuso el 35% del consumo agrícola, 5.200 hectómetros cúbicos, según el Instituto Nacional de Estadística (INE).

En los últimos años, el Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas (CEDEX), a solicitud del Ministerio de Medio Ambiente, ha llevado a cabo varios estudios sobre los impactos que pudiera generar el cambio climático sobre los recursos hídricos y las masas de agua. Según uno de esos estudios, presentado en diciembre de 2010, en el que se evalúa el impacto del cambio climático sobre los recursos hídricos en régimen natural (básicamente los recursos disponibles y utilizables), se prevé una reducción de los mismos para los próximos años.

Haciendo una serie de proyecciones, los diversos escenarios contemplan para el año 2021 un 20% menos de recursos hídricos respecto a principios de los años 90. Por lo tanto, el cambio climático está reduciendo la disponibilidad de agua y es un factor clave a tener en cuenta.

De acuerdo con los compromisos reales que conocemos tras la firma del Acuerdo de París, tal como se señala en el informe Consecuencias del cambio climático sobre la disponibilidad de agua en España de Ecologistas en Acción, “podemos concluir que de no tomarse medidas adicionales nos dirigimos a un escenario de colapso climático fuera de lo que la ciencia determina dentro del margen de seguridad, que se traduciría, como mínimo, en un aumento de la temperatura superior a los 3ºC a nivel global y unas reducciones de los recursos hídricos disponibles en torno al 30%”.

En lo que al Estado español se refiere, con este escenario de subida de temperaturas al que nos dirigimos, es previsible que los periodos de sequía propios de nuestro clima se hagan cada vez más frecuentes, largos y extremos. También es esperable, en una buena parte de la Península, que las precipitaciones máximas en 24 horas se incrementen, y por tanto las crecidas fluviales y las inundaciones, con todos los daños que éstas conllevan.

Ante esta situación, es necesario reducir de forma importante la demanda de agua. Y esto deberá hacerse principalmente actuando sobre el regadío, que supone el 80% del consumo actual, a la vez que se siga trabajando en el incremento de la eficiencia en la utilización del agua, y se fomente la sustitución de cultivos por otros menos consumidores de agua. También es importantísimo poner en marcha todas las medidas necesarias para frenar el cambio climático, como se está haciendo en Navarra con la Hoja de Ruta del Cambio Climático, o la Estrategia de Cambio Climático del País Vasco-KLIMA 2050 en Euskadi.

Los humanos, incluida la inteligencia, que es lo que más agua necesita -no en vano el 90% del cerebro es agua- somos parte de ese sistema, al que tendremos que dedicar más atención si no queremos ahogarnos en la escasez hasta crecer en problemas de magnitud todavía mucho mayores.

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