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Infravalorar al enemigo PDF Imprimir E-mail
Iñaki Egaña   

Hay una guardia pretoriana agazapada en paraísos fiscales, en cuarteles con puertas de mármol de Carrara, en el Ibex 35, en despachos con mesas de caoba y banderita rojigualda en su albor derecho, que cada vez que tocan a corneta sale con toda su artillería, metálica y mediática, para reponer las cosas en su sitio. No habrá segunda transición, ni siquiera un brindis al sol para contestar a los hippies de la política. La involución ha llegado para quedarse.
Decía Sun Tzu que “Hay que comparar cuidadosamente el ejército opositor con el propio para saber dónde la fuerza es superabundante y dónde deficiente”. La fuerza del ejército opositor, en el caso español, está en su naturaleza histórica, capaz de agrupar en torno a una entelequia forjada en criterios imperiales al grueso de su armada. La debilidad, por contra, en su argumentación democrática. El concepto España lleva consigo la matriz represiva, ya desde su derecha, ya desde su izquierda. No hay otra posibilidad para su definición.
La crisis catalana ha destapado el frasco de las esencias hispanas y nos ha dejado una fotografía bastante aproximada de las fuerzas en conflicto. Ya sabemos que unas u otras jamás son monolíticas, que los matices son abundantes y que el contexto es pieza clave para identificar opciones. Tenemos, sin embargo, suficientes elementos para poder hacer una retrospectiva general de lo sucedido desde el inicio de la Transición hasta ahora, y poder afirmar, al menos desde mi opinión, que en diversas fases del conflicto, el este caso el vasco, hemos infravalorado al enemigo.
No quiero ser agorero y echar por tierra las conquistas, que las ha habido, las acumulaciones coyunturales de fuerzas, la supervivencia de un modelo político en un medio hostil y, sobre todo, la de las ansias de libertad de un pueblo, Euskal Herria, que ha llegado al primer cuarto del siglo XXI con gran parte de su capital político y humano vivo. Que no es poco. Con errores y aciertos, “eppur si muove”, con permiso de Galileo.
Y hago esta breve reflexión inicial para afirmar rotundamente que hemos infravalorado a ese enemigo que citaba Sun Tzu en su tratado de estrategia, que nosotros enfocamos como nacional y de clase. Y no me refiero a algunas dolorosas citas recientes, como el juicio 18/98 o el llamado Bateragune donde se hicieron reflexiones acertadas sobre la debilidad e incluso inexistencia de argumentación condenatoria pero equivocadas en las conclusiones que ello acarrearía, sino a cuestiones de mayor calado. Calado colectivo.
En los últimos tiempos, el Estado español afrontó tres escenarios diferentes con ETA: Argel, Lizarra-Garazi y Loiola-Ginebra. El cuarto, el que entre otras cuestiones debiera haber abordado el desarme, apalabrado con Zapatero y defenestrado por Rajoy, lo tenemos entre las sombras del ayer cercano. Es evidente que hablar de lo que hubiera sucedido con unas dosis de paciencia revolucionaria, que entonces faltaron, es un ejercicio de ciencia ficción porque los cuatro escenarios se saldaron con fracasos. En Argel, José Luis Barbería, escribiente en El País, hoy al parecer jubilado, achacó la ruptura a que “los etarras se habían creído su propio disparate de la continuidad básica del régimen franquista”. Han leído bien. Las Conversaciones de Argel van camino de los 30 años.
La voluntad con la que abordó el Estado aquellos tres procesos se ha ido desvelando. La crisis catalana nos ha dado la mayoría de las pistas. ¿Y la voluntad del PP y la del PSOE, no olvidemos que en los momentos de mayor tensión apoyados por PCE-IU? ¿Cuál hubiera sido de haberse prolongado treguas y altos el fuego? A estas alturas me asalta el convencimiento de que desde la Constitución de 1978, jamás ha existido un interés real en abordar el conflicto político en su totalidad. A los tiempos anteriores no merece la pena ni siquiera citar. Junto a los fuegos de artificio, maniobras de distracción en las batallas importantes que señalaría Sun Tzu, estratagemas para ganar tiempo y engatusar a los sectores más débiles en sus convicciones. La rendición de lo que fue el pacto polimili con el ministro del Interior de entonces, Juan José Rosón.
Hoy no me quedan apenas dudas para concluir afirmando que si Ibarretxe hubiera continuado con su Plan de Nuevo Estatuto Político de Euskadi, presentado en 2003, hubiera acabado en prisión, vilipendiado y criminalizado como si fuera un delincuente común (porque en España no existen los delitos políticos). Un final cuyo mensaje previo lo habían entendido a la perfección los michelines jeltzales, nada dispuestos a arriesgar su cómoda posición de clase dirigente (económica y política), por una cuestión ideológica o siquiera emocional.
Tampoco me queda duda para saber que Juan María Atutxa, Gorka Knorr y Kontxi Bilbao hubieran sido “acomodados” en la prisión de Basauri como rehenes, antes de conocer el desarrollo de acontecimientos por suceder, de esos que todavía únicamente se aventuraban. “Perro no come perro”, dice un dicho popular. Pero en esa ecuación los matices son importantes. Atutxa, a pesar de los servicios prestados, también hubiera sido alejado de su origen.
Recuerdo que cuando hace un par de décadas completábamos el mapa de los ejecutados en 1936 y 1937 por los grupos de matones franquistas en nuestra tierra, me llamó la atención que la mayoría de los ejecutados en Donostia pertenecían al PNV u organizaciones satélites. Una circunstancia que no se daba ni el resto de capitales ni territorios vascos, donde la mayoría de los fallecidos en ejecuciones extrajudiciales pertenecían a grupos socialistas, comunistas y anarquistas, incluso de ANV. La razón la encontré pronto. Cuando las tropas franquistas entraron en Donostia, el PNV aún no había ofrecido oficialmente su apoyo definitivo a la República. Muchos de sus militantes habían pasado las primeras semanas de la guerra custodiando iglesias o sedes patronales para evitar que fueran asaltadas por los revolucionarios.
Así que cuando entraron los fascistas en la ciudad atravesada por el Urumea y bañada por las olas del océano que suministró sustento a nuestros arrantzales, la mayoría de la militancia del PNV se quedó en casa: “No he hecho nada reprobable”. Error de apreciación: infravaloraron al enemigo, que los detuvo, torturó y puso frente a un pelotón de ejecución.
El encarcelamiento de cargos electos por su actividad política en Cataluña nos ha sorprendido porque se ha producido en un contexto de violencia unilateral, la del Estado. La parte civil, por entendernos, había renegado de cualquier veleidad intimidatoria. En Euskal Herria parecíamos habernos acostumbrado y, en cierto aspecto considerado normal, por el hecho que la violencia, aunque sumamente desequilibrada, era bilateral. En los últimos ocho años, desaparecida la violencia de una de las partes, la erosión y la venganza continúa, por lo que la actitud violenta del Estado se hace más visible para los sectores menos ideologizados.
Con las iniciativas represivas y antidemocráticas que ha tomado el Estado español en Cataluña, la expresión de sus alianzas internas y el desapego internacional a intervenir en cuestiones espinosas, la crisis ha envalentonado a sus ejecutores que, logrando cohesionar a su retaguardia, nos están mostrando cuáles son sus líneas rojas. En lo referente a su territorio (hace tiempo que el contenido, es decir lo que llaman ciudadanía, no tiene valor para su naturaleza) la más visible es la de su “trascendencia”. El territorio español es sagrado e inmutable. Eterno. Ponerlo en duda ya es motivo de cárcel y destierro.
Entre nosotros, metieron en la cárcel a miles de militantes, torturaron a mansalva, se cargaron la libertad de expresión, crearon estructuras paramilitares, encerraron a cargos electos e ilegalizaron partidos. Pero hubieran ido más lejos aún. Hasta el infinito para salvaguardar “su” jurisdicción, un pedazo de tierra a fin de cuentas. El quid de todas las cuestiones.