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La bandera y el mito de las cadenas PDF Imprimir E-mail
Víctor Moreno, José Ramón Urtasun, Pablo Ibáñez, Fernando Mikelarena y Txema Aranaz   
Martes, 05 de Diciembre de 2017 19:48

En las últimas semanas, la concesión de la medalla de oro de Navarra a Campión, Altadill y Olóriz ha provocado un debate que se enmarca en lo político, lo histórico y lo cultural. Debate fagocitado por la figura de Campión, a quien desde la izquierda le han acusado de racista, xenófobo y antisemita, mientras la derecha, con su zafio oportunismo, ha contradicho lo afirmado por Miguel Sanz con motivo del centenario, ejerciendo de caciques centralistas del “auténtico sentimiento navarro”.

Lo triste del debate es que ha dejado fuera el motivo del premio: ser los creadores en 1910 “de la actual bandera de Navarra”, que el Gobierno explica con similares argumentos que Miguel Sanz. Sin embargo, el diseño de los galardonados no solo ignoró el símbolo del carbunclo pomelado, que durante siglos representó a Navarra en Europa, sino que utilizó el discurso ultramontano de las cadenas, fruto de la leyenda que desmontó el arabista navarro Ambrosio Huici Miranda tras rigurosa investigación.

Una polémica clarificadora fue la mantenida por Moret, jesuita e historiador, impulsor de la leyenda de las cadenas, y el jurista e historiador Oihenarte -abogado de los Estados de Navarra en Saint-Palais/Donapaleu-, que negó que el carbunclo de Navarra fuesen cadenas metálicas, apoyado en autores y heraldistas europeos, y como lo confirma el Libro de Armería del Reino. Ante Oihenarte, excepcional intelectual euskaldún laico, Moret le replicó sin más argumento que los autores “extranjeros” no veían las cadenas por su incapacidad para captar “el alma de la empresa”, la española reconquista contra el moro “infiel”. El encadenado Moret llamaba “extranjero” a quien vivía en Baja Navarra y era vetado por el virrey para investigar en la Cámara de Comptos, sospechoso de carecer del alma fiel de Moret.

Así, sorprende la ausencia general de crítica al escudo, heredero del mismo discurso reaccionario que se contempla en el tapiz del despacho de Presidencia y en los frescos de la cúpula de los Caídos, obra del fascista Stolz. Para colmo, las cadenas del actual escudo no son las diseñadas por ellos, sino las cadenas con argollas de la laureada.

Tanto es así, que bien podemos afirmar que, si alguien merecía el galardón de un Gobierno del cambio, sería Ambrosio Huici Miranda. Nació en Huarte en 1880, euskaldún, fue uno de los arabistas más importantes de España en el siglo XX. Ingresó en la Compañía de Jesús donde cursó estudios de filosofía y teología de manera brillante. Tanto que lo enviaron a la Universidad de San José de Beirut para completar su formación en leguas orientales. Luego, impartió clases de árabe, hebreo, filología y latín en la Universidad de Deusto. Abandonó la Compañía antes de ordenarse sacerdote, para contento de su familia, de talante liberal, y para tristeza de los jesuitas, que esperaban de su talento grandes logros académicos. En 1908, obtuvo por libre la licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad de Granada y al año siguiente marchó a Tánger, hervidero militar, donde redactó crónicas que publicaron Diario de Navarra, El Pensamiento Navarro, Noticiero de Barna,Eco Mauritano y El Imparcial.

Ya en el Instituto de Baeza, llevó a cabo un concienzudo trabajo de campo en el escenario de la batalla de las Navas, contando por primera vez con las fuentes documentales árabes. En diciembre de 1911 lo daba por terminado y a principios de 1912 envió el texto al certamen convocado por la Diputación Foral para conmemorar el VII Centenario de la batalla de las Navas, celebrado en toda España.

El jurado -formado por Estanislao Aranzadi, Julio Altadill, Antonio Los Arcos, Eduardo de Oliver-Copons y el padre Lino Munárriz-, se quedó aterrado ante el trabajo de Huici. Tenían delante una obra que desmontaba el mito navarro de las cadenas y la esmeralda (que se analizó y comprobó posteriormente no tener más de doscientos años), heroicamente arrebatada a los moros, elaborado tras la participación de Sancho VII y sus huestes en la decisiva batalla librada por las tropas cristianas peninsulares en 1212. Así que, tras elogiar el saber y la erudición de Huici, vinieron los despectivos reproches y extensa justificación para dejar el premio desierto.

Huici desmontaba los tópicos de autores como Fita, Risco o Moret, transmitidos de generación en generación, lo mismo que afirmaciones de Arturo Campión: “Los navarros, a su vez, no han vacilado en atribuir a su rey el éxito de la jornada. Un erudito como Campión, sostiene la patraña de que Sancho VII operó en lo más reñido de la batalla un movimiento de flanco que inició la desbandaba general del enemigo. (Euskalherria, 1885, pág. 329)”.

La erudición de Ambrosio Huici escandalizó cuando desmontó la falsedad de que el aguerrido y hercúleo monarca había roto las cadenas que unían a la guardia del palenque del Miramamolín y las había llevado a Navarra como trofeo de una gesta épica. Huici documentó que lo que rodeaba el palenque no eran africanos encadenados, sino una empalizada de recias estacas unidas por “gruesas cadenas”. Motivo este utilizado a partir de entonces en su heráldica por nobles participantes en la batalla. Además, establecía datos contundentes, como la muy exigua participación de tropas navarras en la contienda. Todo ello desmentía el trabajo de Julio Altadill, en la línea tópica de costumbre, sobre “el séquito del rey de Navarra Don Sancho el Fuerte en la Batalla de Navas de Tolosa” (1912).

Ambrosio Huici nunca vería publicado en la tierra que le vio nacer su gran trabajo sobre las Navas y Navarra perdía un investigador de primer orden. Emigró a Valencia, donde obtuvo la cátedra de latín del Instituto General y Técnico de la ciudad. Durante la Segunda República pasó a la acción política y fue uno de los fundadores del partido Izquierda Republicana de Valencia (1934), dependiente del partido de Manuel Azaña.

Al estallar la Guerra Civil Ambrosio Huici tenía 56 años. Tras el triunfo golpista, fue destituido como catedrático, saquearon la librería que regentaba, así como su casa, perdió su biblioteca y papeles relativos a sus investigaciones (abril de 1939). El 28 de abril fue encarcelado en la Prisión Celular de Valencia y el 29 de septiembre el Consejo de Guerra Permanente núm. 2 dictaba la causa seguida “por el procedimiento sumarísimo de urgencia”. Tenía 59 años. Se le condenó por un delito de auxilio a la rebelión a una pena de doce años y un día de reclusión mayor, con inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena y el pago de la responsabilidad civil. Pasaría por tres prisiones en la región valenciana. El 12 de febrero de 1941 el ministro del Ejército dictó una resolución motivada por la revisión de su caso a la luz de la “copiosa documentación aportada”, que le reducía la condena a dos años de prisión menor.

Pese a su prestigio internacional, el arabismo oficial hispano, que convirtió la versión legendaria de la Reconquista española en un símbolo de la gloria patria, aceptaba publicar los trabajos de Huici, pero no le abrió las puertas de congresos y proyectos investigadores. Ambrosio Huici falleció en Valencia el 9 de noviembre de 1973, con 93 años.

El Ayuntamiento de Valencia lo nombró Hijo Adoptivo, dedicándole una calle. Su memoria también fue honrada en un instituto de Segunda Enseñanza que llevó su nombre. Max Aub lo recordó entrañablemente en La gallina ciega. Navarra, en cambio, continuaría arrastrando el olvido al que se le condenó en 1912, hasta hoy. Gracias a Roldán Jimeno contamos con la excelente edición actual del Estudio sobre la campaña de las Navas de Tolosa (2011).

Las aportaciones de un intelectual de la talla de Ambrosio Huici deberían servir para que todos nos replanteásemos el mito reaccionario de las cadenas y se restituyera el carbunclo pomelado que durante siglos representó a Navarra en Europa.

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