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Felipe VI PDF Imprimir E-mail
Josep Ramoneda   
Lunes, 29 de Enero de 2018 19:11

Felipe VI dijo en Davos que "Cataluña es verdaderamente una parte fundamental del alma de España". No estoy seguro de que a las élites mundiales les interese mucho el aire que insufla vida a la nación española. Pero el interés del rey por hacer metafísica de las naciones frente al hierro mundial de la economía y la política se explica porque aún debe de estar poseído por el discurso del día 3 de octubre, en el que, queriendo matar simbólicamente al padre, se enajenó, probablemente para siempre, gran parte de la sociedad catalana. No hablaba para el público de Davos sino para sus súbditos.

El alma de los pueblos es la esencia del nacionalismo romántico, que es lo que se reprocha al nacionalismo catalán para tratarlo de totalizante, reaccionario, anticuado. Siempre he entendido que las naciones, como los humanos, no tienen alma, sino cuerpo; en este caso, el territorio y la gente que lo habita. La historia demuestra que la lucha de las naciones ha sido siempre por la ocupación del espacio. No conozco ningún Estado que haya robado el alma a una nación vecina sin tomar su posesión material. No sé si llega hasta aquí la perspicacia del rey, pero proclamando a Cataluña parte del alma de España complica mucho más la reivindicación catalana. Unos territorios se pueden separar de otros, pero de un alma, que es una entelequia, ¿cómo nos separamos? O dicho de otro modo: ¿cómo es posible separarse de lo que no existe?

El alma, como el honor, es de Dios. Convertir un problema político en un problema de alma es trasladar el conflicto al territorio religioso, es decir, al espacio de lo inefable. Es el drama de todo nacionalismo: prolonga la creencia por otros medios. Y así los conflictos políticos se hacen imposibles: se llevan al terreno de la virtud y del pecado, de la lealtad y la deslealtad. Las naciones han sido el marco en que se han desarrollado las democracias modernas. Una cultura de laicidad lo ha hecho posible y una parte del independentismo catalán ha ido en esta dirección: la cuestión no es la nación, es tener Estado. Pero históricamente ni las repúblicas ni las monarquías se acaban de sustraer a las apelaciones trascendentales, aunque sea sólo a la hora de enviar a los ciudadanos a la guerra. Felipe VI nos lo recuerda. Qué miedo.

ARA