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¿Qué significa 'democrático'? PDF Imprimir E-mail
Ferran Sáez Mateu   
Jueves, 01 de Febrero de 2018 20:38

Si a este objeto de piedra lo llamo cubo, a aquel otro cilindro y al del borde esfera, es porque su forma y proporciones son las que son. Ahora, en caso de lanzarlos en medio de la corriente de un río y esperar un buen rato -pongamos por caso, cien mil años-, es casi seguro que acabaríamos recogiendo sólo tres guijarros informes, que entonces ya no serían ni un cubo, ni un cilindro, ni una esfera ni ninguna otra cosa concreta. Esto ocurre con las piedras y también con las palabras: el uso las va transformando y, según cómo, desnaturalizando. El sustantivo democracia y el adjetivo democrático no han escapado a este destino -digamos- devastador.

¿De dónde sale, la palabra democracia? Clístenes hizo en Atenas una reforma administrativa en la década del 510 aC, y el territorio de aquella polis fue dividido en varias circunscripciones censales, que es lo que, en realidad, significaba originalmente el término 'demos' (a diferencia de lo que se suele repetir, 'demos' no significa en griego ni 'pueblo' ni 'mayoría', ni nada que se le parezca). Los 'demoi' eran las personas de estas demarcaciones o circunscripciones que podían votar: nada más. Se trataba de un censo muy restrictivo en el que no constaban las mujeres, ni los 'metoikos' o extranjeros, ni los esclavos, ni otros colectivos. Es probable que los 'demoi' no llegaran a superar nunca el 10 o el 15 por ciento del total de la población. Al cabo de dos siglos, hacia el 300 aC, esa misma palabra -'democracia'- comenzó a tener muy mala prensa. Por influencia de Platón, se le asociaba a la demagogia que imperaba sin complejos en la asamblea o 'ekklessia'.

Por razones que el lector comprenderá, no podemos hacer un resumen de los últimos 25 siglos. Vayamos directamente, pues, a la pasada centuria. Hacia la década de 1920 y 1930, la democracia vuelve a tener poco predicamento. En Europa muchos lo asocian a la decadencia y a la inoperatividad. Es el tiempo de Mussolini y Hitler. A partir del 1945, democracia vuelve a ser una palabra prestigiosa, pero al cabo de veinte años la cultura política derivada de Mayo del 68 le vuelve a adherir connotaciones peyorativas ("democracia formal", "democracia burguesa", etc.). 1989 marca otro punto de inflexión: mayoritariamente, la democracia se reivindica, de nuevo, sin estos matices. Después hay un momento difícil de concretar en el que 'democracia' o 'democrático' ya no quieren decir absolutamente nada. Nada de nada. Antidemocrático pasa a ser un mero insulto polivalente, a la altura del adjetivo malo, por ejemplo. Finalmente, el término se asocia a un peligroso adjetivo. Todo el mundo se considera depositario y albacea de la verdadera democracia. El resto son impostores. Todos los aficionados a quemar herejes siempre esgrimen este adjetivo: la verdadera religión, el verdadero socialismo, etc. Entonces es cuando hay que echar a correr.

La actitud del gobierno español respecto de Cataluña confirma que 'democracia' y 'democrático' son hoy simples muletas retóricas vacías de contenido. Que la legítima voluntad de la mayoría, expresada en unas elecciones transparentes y regladas, se niegue en nombre de la democracia es simplemente alucinante. El hecho de que la Unión Europea dé por buena esta actitud, y que lo haga también en nombre de la democracia, confirma la pérdida de significado del concepto. Cuando Soraya Sáenz de Santamaría utiliza expresiones como "restablecer la democracia en Cataluña" o cosas por el estilo, ¿a qué se está refiriendo exactamente? ¿A la legalidad vigente?, ¿al artículo 155 de la Constitución? No hay problema, llamémosle "legalidad vigente". ¿Se refiere quizás a la unidad de España? Muy bien, pues hablemos de "unidad de España". En ninguno de los casos, sin embargo, estamos diciendo nada que tenga que ver con el concepto de democracia. Ya no significa nada objetivable: es una pura muleta verbal.

El aplazamiento del pleno de investidura corrobora lo que decimos por otra vía. El Parlamento de Cataluña -y, en general, los Parlamentos- es el epicentro de la democracia representativa, un lugar simbólico que tiene, incluso, un cierto aire de sacralidad. Cuando un Parlamento, sea cual sea, se ve obligado a tomar decisiones ajenas a su voluntad e incluso -y esto es lo que da más miedo- a la propia legalidad vigente, no podemos seguir hablando de democracia. La extralimitación de funciones del Tribunal Constitucional puede justificarse apelando a los intereses del Estado español, pero no a la salvaguarda de la legalidad, ni mucho menos de esa palabra que ya no quiere decir nada y, por ello, no repetiremos. De alguna manera, este hecho no es tan malo como parece: obligará a todos a decir las cosas por su nombre, y eso siempre es bueno.

ARA