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Portal de Francia y adoquinado de Iruñea Imprimir E-mail
Victor Manuel Egia Astibia   

Corría el año 1996 cuando el Ayuntamiento de Iruñea decidió cambiar el histórico y característico adoquinado de las calles de la ciudad por un pavimento de losetas. La intervención estaba enmarcada en la sustitución de la antigua mineta del siglo XVIII por una nueva red de saneamiento y recogida neumática de basuras. Fuimos muchos los que en aquel momento protestamos enérgicamente por lo que considerábamos una importante pérdida del patrimonio de la ciudad, una desfachatez. Nuestra lucha consiguió, al menos, una solución intermedia, y el pavimento de las calles quedó en una mezcla de losetas y adoquín. No hace falta insistir en el resultado de las famosas losetas de calcarenita a lo largo de estos casi veinte años, todos lo hemos visto. Sin embargo, parece ser que los antiguos adoquines estaban tan deteriorados que ya no servían y se hicieron nuevos, miles de pequeños e irregulares trozos de piedra bien conocidos también por nuestras sufridas plantas de los pies. Se levantaron las calles y el inservible adoquín fue, teóricamente, al vertedero. Poco después se descubrió la mentira. Algunos listillos se hicieron gratuitamente con el escombro, separaron los adoquines y los pusieron a la venta. Entonces, doy fe, se ofrecían cada uno a 500 pesetas de entonces en algunos lugares de la Cuenca de Pamplona. Hoy, esos grandes adoquines de más de un palmo de grosor con su brillante caravista modelado por los años, los podemos ver en el cercano Palacio de Olza o en el casco urbano de la ciudad gipuzkoana de Beasain. Hasta hubo un intento del Ayuntamiento de Montevideo, en el lejano Uruguay, de comprar toda la partida que, finalmente, creo, no llegó a efecto. En Iruñea sólo quedaron unas pequeñas muestras delante de la Catedral y, afortunadamente, algunas callejas por donde no pudo pasar la controvertida entibadora que, por cierto, tantas viviendas dejó afectadas a su paso.

Ahora, dos décadas después, se anuncia por el actual Consistorio el concurso público para el arreglo del entorno del portal de Francia. Esta puerta es la única conservada en su sitio de las siete que llegó a tener el recinto amurallado. Un lugar emblemático en que, por suerte, aún se conserva el antiguo pavimento, el viejo adoquinado, a veces sólo asomando entre los pegotes de hormigón. Invito a paseantes y guías oficiales de la ciudad a que se den una vuelta por la zona y observen los característicos adoquines del siglo XVIII en el final de la calle del Carmen, Dos de Mayo, Cuesta del Palacio o la menos antigua calle Aldapa. Por allí discurre el Camino de Santiago, tan afamado bien de interés turístico y comercial que tantos y tantos recorren y que la oficialidad fomenta. A partir de ahora subirán la cuesta adoquinada desde el puente levadizo y, nada más traspasar el portal, se encontrarán, para su sorpresa, con un impersonal puzzle que combina piedra natural con pseudoadoquines, duras e irrompibles losetas de calcarenita, encintados de piedra caliza blanca y tacos de piedra roja de Baztán.

Durante estos días se celebran en Flandes las conocidas clásicas ciclistas que discurren por caminos y calles adoquinadas, recorridos declarados patrimonio y conservados solo para el transcurrir de las carreras. Esto, que parece una banalidad, para los flamencos forma parte de su historia, son lugares de memoria, se sienten orgullosos de ello y así lo demuestran. Decía recientemente un afamado arquitecto pamplonés en una entrevista en prensa que en algunos barrios de esta ciudad uno no sabe si está en Pamplona o en Stuttgart. La desaparición de los ya escasos trocitos del característico adoquinado de Iruñea harán cada vez más que no sepamos dónde estamos, se perderá un poco más, si cabe, nuestra memoria histórica. Todos perderemos un poco más el orgullo de pertenencia. Espero que algún comisario de la Unión Europea, que es la que supuestamente pone el dinero, ponga freno a un desatino más. Con la destrucción del adoquinado en 1996 comenzó una inusitada serie de agresiones al patrimonio de Iruñea, la destrucción-transformación del Palacio Real, del molino de Caparroso, del Euskal Jai o el vaciado arqueológico de la plaza del Castillo, para convertirlos en vulgares cafeterías, piscinas o parkings, el saqueo de la memoria. La actuación prevista en el entorno del portal de Francia sólo puede enmarcarse en la línea estratégica seguida en el último cuarto de siglo de convertir Iruñea en una ciudad más, un lugar impersonal, nada que recuerde su pasado como capital del reino que agrupó a todos los vascos y que, como auguraba Shakespeare, un día asombraría al mundo.

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