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Fundiciones de Altsasu Imprimir E-mail
Victor Manuel Egia   
Jueves, 17 de Septiembre de 2015 09:36

Fundiciones de Altsasu, que comenzó su actividad en 1900, no sólo dio trabajo a una buena parte de la población alsasuarra  hasta entonces de ocupación casi exclusivamente agrícola o ganadera sino que fue pionera en la península en el mercado  de los productos sanitarios esmaltados. Acabo sus días en 1981 envuelta en la polémica por un turbio caso de corrupción política (Fig. 1).

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Fig. 1  FASA desde el aire. Cortesía de F.Sayas

La historia de la fundición de Altsasu comenzó a mediados del siglo XIX cuando Antonio Echarri natural de Arruiz puso un almacén de hierros en Iruñea. En pocos años a Echarri se le asoció el comerciante Juan Veramendi y juntos mantuvieron su almacén  en los números 19, 21 y 23 de la calle San Antón (en aquellos años la calle se llamaba Mártires de Cirauqui  en memoria de los liberales caídos en esa localidad en la última carlistada). Tras el fallecimiento de Antonio Echarri en 1894, el negocio se registró como Sociedad Veramendi y Viuda de Echarri con un capital social de 397.000 pesetas. El hijo del fundador, Pedro Echarri Erbiti, quedó como gerente de la empresa. Cuando a finales de siglo la normativa militar liberó y consideró Arrotxapea como un polígono excepcional se les permitió ampliar y mejorar un viejo barracón de madera que poseían en ella, para utilizarlo como pequeña fundición. Con la idea de ampliar el negocio y siempre pensando en la ventaja que suponía el estar cerca de las líneas ferroviarias encontraron una zona propicia en el término de Ibarrea de Altsasu, cercano a la estación de ferrocarril de la localidad. El terreno les fue cedido gratuitamente por el Ayuntamiento de Altsasu por acuerdo de la Junta de Veintena en abril de 1898, a sabiendas de que supondría un gran beneficio para el pueblo. Muy cerca de la parcela asignada había, además, un gran castañar, cuya tierra arenosa, ácida y rojiza era muy propicia para el moldeo, labor fundamental en una fundición. La arena, que debía transportarse hasta la fábrica en carros de bueyes, era de mejor calidad alrededor del pie de los castaños por lo que con frecuencia sus raíces quedaban al descubierto y expuestas al ataque de enfermedades que a lo largo de los años terminaron con buena parte del castañar. El cercano curso del río Altzania propició también la construcción de una pequeña presa para aportar a la factoría energía eléctrica mediante una turbina, así como el agua necesaria a través de un canal. Al inicio del siglo XX la fundición estaba ya trabajando con una plantilla de 28 operarios, siendo la dedicación principal la fabricación de camas de hierro. En el padrón industrial de 1903 el negocio  incluía también sus instalaciones de Iruñea,  un taller de cerrajería en Arrotxapea con una docena de operarios, otro taller en la calle Estafeta de Iruñea y el primitivo almacén de la calle San Antón, en donde también se vendía carbón mineral. A pesar de que para 1901 la viuda de Echarri, Antonia Erviti, había fallecido, la sociedad siguió anunciándose como tal, Veramendi y Vda de Echarri al menos hasta 1922. Poco antes, en 1920 se había constituido en sociedad anónima con el nombre de Fundiciones de Alsasua S.A. (FASA) con un capital de millón y medio de pesetas  y  con el donostiarra Joaquín Lizarraga como presidente del consejo de administración. Para entonces ya contaba con unos setenta trabajadores en plantilla.

Casi desde el principio fueron diversificando su producción, como decíamos inicialmente de camas de hierro, fabricando también tuberías de conducción de agua de todos los calibres, depósitos, y unas novedosas “cocederas económicas” para calentar agua y cocer alimentos para el ganado de entre 40 y 100 litros de capacidad que tuvieron gran salida en el mercado (Fig.2). Con la fabricación de baterías de cocina se introdujeron en la producción de esmaltados y concretamente en los sanitarios, que ya se anunciaban en 1906 y que  a lo largo de los años constituirían el producto más importante y conocido de la empresa. La fábrica contaba con una gran nave en donde estaban los dos hornos de fundición o cubilotes que iban alternándose en su funcionamiento. La carga de los mismos se efectuaba por una puerta lateral que tenía acceso desde el exterior donde justamente terminaba una vía muerta del ferrocarril. De esta forma la materia prima, lingotes, mineral de hierro, etc. traída desde el núcleo siderúrgico de Bilbo, quedaba almacenada en disposición óptima. Los hornos se llenaban con una capa de paja, encima carbón de cok, luego chatarra o lingotes de hierro y algo de mineral, con una capacidad para producir hasta 12 toneladas de caldo. Cada día se hacía una sola colada para fundir las bañeras, platos de ducha o wáteres turcos. Tras preparar una caja-molde con arena prensada se procedía al vertido del caldo fundido por seis bocas  a la vez, con otros tantos cazos o pochas de veinte litros de capacidad. Una pieza de bañera una vez desmoldada y rebabada tenía un grosor de tres milímetros y pesaba casi cien kilogramos. En otra nave aparte estaban los dos hornos para esmaltar, construidos con ladrillo refractario, de forma alargada y techo abovedado. En sus paredes tenían unos orificios por donde entraba el calor del hogar y una gran chimenea de ladrillo daba salida a los humos producidos. Lo habitual era que uno estuviera  funcionando y el otro casi siempre en reparación (“hacer el horno”) ya que el ladrillo se deterioraba rápidamente. Para preparar el polvo para esmaltar había un molino en donde se metía la piedra junto con bolas de acero que iban consiguiendo romperla hasta convertirla en un fino polvillo. Este molino estuvo manejado durante mucho tiempo por la única mujer que trabajaba entonces en la empresa. El proceso de esmaltado consistía en recalentar las piezas previamente fundidas hasta conseguir ponerlas al rojo y espolvorear el polvo  mediante una espolvoreadora manual. Tras reintroducir la pieza en el horno para el secado, debía repetirse la operación varias veces hasta conseguir un grosor de esmalte suficiente (Fig. 3 ).

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Fig. 2  Anuncio en El Eco de Navarra 1903

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Fig. 3  Trabajadores mostrando una bañera. Archivo Diario Noticias.

La historia de la fundición de Altsasu dio un inesperado giro cuando en 1936 el presidente del Consejo de Administración de la empresa Joaquín Lizarraga, militante del PNV, fue detenido precisamente cuando acudía voluntariamente a preguntar por la detención de su hijo Sabin, trabajador de la fundición. Ambos fueron asesinados y arrojados en una sima de Urbasa, según relató desde su exilio bonaerense el sacerdote de Irunberri Marino Ayerra, que ejercía en Altsasu en la época. Al finalizar la guerra quedó como principal accionista de FASA Tomás Aldaz Mina, casado con Joaquina Echarri, nieta del fundador Antonio Echarri, que nombró director a  su yerno Pedro Lizarza. Tomás Aldaz estaba también al frente del almacén de hierros de Iruñea fundado por Echarri, entonces ubicado en la calle Amaya y que hoy todavía existe en Uharte bajo la denominación de Aldaz Echarri S.A. Como gerente de la fundición figuraba Regino Arellano Iturria pero éste falleció pronto,  en el año 1944, y entonces se hizo cargo de la gerencia Francisco Sayas Legorburu, trabajador de la fábrica desde 1930 y que siguió como tal hasta su jubilación en 1974. En aquella dura postguerra, además de las restricciones de productos alimenticios, fue nacionalizada la siderurgia estatal  y existía también un cupo de lingotes asignado a la fundición, lingotes que se traían desde la empresa Altos Hornos de Bilbao. El cupo era casi siempre insuficiente, dicen algunos que a veces era desviado voluntariamente al estraperlo, y con frecuencia había que ir a comprar más lingotes a fundiciones asturianas en Gijón. Los obreros trabajaban a destajo, por la mañana un tiempo moldeando y luego por la tarde otro período para hacer la colada, complementando la jornada con alguna actividad hortelana o ganadera (Fig. 4). Las naves de esmaltado funcionaban con más continuidad incluso por la noche y la fundición en aquellos años llegó a tener hasta 250 empleados. Algunos años y alegando no poder conseguir la cantidad necesaria de lingotes de hierro,  la dirección decidía el cierre temporal de la fundición lo que obligaba a los trabajadores a buscarse otra actividad,  por ejemplo recoger patata  en los cercanos campos alaveses.

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Fig. 4  Obreros en la puerta de la fundición. Años 40. Cortesía de F.Sayas

Fundiciones de Alsasua fue una de las primeras empresas en Navarra en acoger empleados emigrantes, en concreto marroquíes, que a principios de los setenta llegaron a constituir  prácticamente el veinte por ciento de la plantilla. En 1975 durante la ocupación marroquí del Sahara, hasta entonces ocupado por el ejército español, en el conflicto conocido como “la marcha verde” algunos de estos marroquíes de Altsasu fueron encarcelados, aunque una buena parte logró huir de la fundición cuando la Guardia Civil fue a detenerlos. Los magrebíes de Altsasu, magníficamente acogidos por los autóctonos, constituyeron en aquellos años un buen ejemplo de integración, en una sociedad tan diferente para ellos.

Durante muchos años los sanitarios esmaltados fueron el producto estrella de la fundición  y cuando llegó el importante desarrollismo de los años sesenta y setenta  se produjo un gran incremento de demanda en dichos productos. La falta de previsión e inversión en la maquinaría, que iba quedando obsoleta, pilló a la empresa descuidada e hizo imposible la competencia con las empresas catalanas Roca y Sangrá. La primera de ellas fundada en 1919 en Gavá por los hermanos Roca comenzó con la fundición de radiadores, pero ya para 1925 comenzaron con las bañeras esmaltadas y después su producción se amplió también a la grifería con lo que finalmente se iba a hacer con la mayoría del mercado del baño. El Consejo de Administración de la fundición de Altsasu decidió entonces, comprar la maquinaría desechada por una factoría francesa, dejando la hasta entonces manufactura en manos de las máquinas, pero el porcentaje de piezas defectuosas era alto y las pérdidas cada vez mayores. El cambio del molde de madera por el de aluminio, aportado por  Industrias Olaona, supuso un importante cambio técnico  pero a pesar de todo hubo necesidad de diversificar el producto y buscar otras alternativas. Se comenzaron a fundir estufas “salamandras” de carbón coke y/o leña y poco después unas esmaltadas, llamadas cariñosamente como las “marijoses” nombre que les puso Pedro Lizarza en honor de su mujer Mª Jose Aldaz. También se fundían chapas para fogones y estufas Franklin que se exportaban a Estados Unidos y unos sanitarios llamados Poliban que estaban patentados por el comerciante madrileño Munar. Consistían en un plato de ducha, con una pequeña bañera de asiento y un bidé todo en una pieza y se fabricaban en dos tamaños (Fig. 5).

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Fig. 5  Estufa Franklin. Foto VME

A finales de los años setenta con la empresa ya en plena crisis, la Diputación Foral  le concedió una importante ayuda de ochenta y un millones de las antiguas pesetas para invertir y para poder asumir las nóminas de los obreros. El dinero fue finalmente desviado hacia la CAN para saldar deudas de créditos anteriores, créditos avalados por varios consejeros  de la propia empresa, entre ellos el entonces Presidente de la Diputación, J.I. Del Burgo y el diputado Irazoqui. El caso FASA fue denunciado, aunque los acusados de malversación de fondos públicos salieron absueltos de los tribunales con la única contrapartida de la dimisión de Del Burgo, mientras la fundición entraba en suspensión de pagos. Un último y desesperado intento de asumir  la empresa por una cooperativa de los entonces 250 empleados no pudo evitar el cierre definitivo en 1981. Las instalaciones fueron derribadas en su totalidad a mediados de los ochenta quedando sólo testimonios orales, escritos y gráficos (Fig. 6). La pequeña presa en el río Altzania que alimentaba la central eléctrica  que servía a la fundición, algunos de sus productos guardados por particulares y unos pocos testimonios gráficos o personales son los únicos restos que nos quedan. Un gran abeto que se plantó junto a la puerta de entrada nos indica hoy el lugar, ahora ocupado por otra fábrica. En el recuerdo, la que fue la más importante empresa del siglo XX en Altsasu. Fundiciones de Alsasua no sólo dio trabajo a una buena parte de la población alsasuarra, hasta entonces de ocupación casi exclusivamente agrícola o ganadera sino que fue pionera en la península en el mercado de los productos sanitarios esmaltados. Como tantas otras terminó sus días arrastrada por la falta de adecuación técnica, la descapitalización y envuelta en la corrupción política.

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Fig. 6  Dibujo de Eckert & Pflug. Leipzig.  Cortesía de C.Lezea.