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Quim Monzó   
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El domingo se estrenó en el teatro Maggio Musicale de Florencia una nueva versión de la ópera Carmen de Georges Bizet. La novedad es que, al final, en vez de morir la protagonista, muere su antiguo amante, el celoso Don José, el brigadier que en el libreto original la apuñala.

Ningún problema. Desde que gracias a Calixto Bieito y La Fura dels Baus aprendimos que los clásicos deben ambientarse siempre entre contenedores de basura o en barras de discoteca, ninguna obra que se precie tiene que llevarse al escenario tal como su autor la concibió. Eso es bueno porque, como decía Don Hilarión en La verbena de la Paloma, “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” y no conviene quedarse atrás. Leo Muscato, director de esta Carmen florentina, explica que de entrada se quedó parado cuando el gerente del teatro le propuso que la protagonista no muriera. ¡Precisamente esa muerte es el motor de toda la obra! Dice Muscato: “Él opina que en nuestra época, marcada por el flagelo de las violencias contra las mujeres, es inconcebible que se aplauda la muerte de una de ellas”. Pero Muscato reflexionó. La agencia AFP recoge los resultados de esas reflexiones: “Un mes después de la proposición del gerente, encontré mi solución, en la que Carmen no muere sino que se defiende contra su agresor, como haría cualquiera en su lugar”. Y se defiende tan bien que lo mata. Todo eso “habiendo respetado escrupulosamente la música y el libreto original”. Pero, ¡ojo!, Muscato es consciente de que “se habría podido caer con facilidad en una visión maniquea de las cosas: por una parte los hombres, horribles, brutos y malévolos, y por otra las mujeres, buenas personas”. No. Nada de eso: “Don José es un hombre que lucha contra sus demonios interiores; hay momentos de dulzura y de generosidad, y luego ataques de gran violencia, como en las casas donde hay violencia conyugal”.

No podría estar más de acuerdo. Ya de adolescente me sorprendía la ausencia de mujeres en algunas novelas que leía. En Robinson Crusoe, por ejemplo, los protagonistas son dos machos, Robinson y Viernes. ¿#DondeEstánLasMujeres? Lo mismo pensé cuando me cayó en las manos La metamorfosis de Kafka. ¿Por qué tiene que ser forzosamente un hombre, Gregor Samsa, quien se transforme en escarabajo? ¿Por qué no una mujer? Pero en estas dos novelas no hay ningún muerto. Sí los hay en Romeo y Julieta, la tragedia de Shakespeare. En este caso, la necesidad de una revisión drástica es evidente. Mueren los dos protagonistas, sí, pero en la nueva versión morirá Romeo pero Julieta no, porque es mujer y, por lo tanto, capaz de hacer dos cosas a la vez: clavarse el puñal en el pecho y simultáneamente –¡ale hop!– no clavárselo. En cambio, El rojo y el negro de Stendhal no hace falta reescribirlo. Al final, el protagonista, Julien Sorel, arribista mujeriego que ha intentado matar a una antigua amante, muere guillotinado. Perfecto. Si hubiera sido mujer, entonces sí habríamos tenido que buscar otro final. Y así con todo: libro a libro, la biblioteca entera.

LA VANGUARDIA