Sarrera Catalunya Salvador Cardús: "Si hacemos un gobierno sin restitución, habremos aceptado la derrota'

Salvador Cardús: "Si hacemos un gobierno sin restitución, habremos aceptado la derrota' PDF fitxategia Print E-posta
Josep Casulleras Nualart   
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El sociólogo Salvador Cardús, exmiembro del Consejo Asesor para la Transición Nacional y candidato de Juntos por Cataluña el 21-D, pide alzar un poco la mirada en este momento de crisis. Hay tensión entre las fuerzas republicanas, unas desavenencias que encuentra comprensibles, pero considera que hay que coger un poco de perspectiva, es decir, ver más allá de la anécdota y la disputa y enfocar bien para adivinar el camino a seguir. Compara el combate con el Estado español con una guerra de guerrillas, por la desigualdad en la dimensión y en las fuerzas de las dos partes. Hay que utilizar el ingenio, dice Cardús, y eso quiere decir saber analizar los términos de la confrontación. Opina que renunciar a restituir el gobierno legítimo es aceptar la derrota, y que de ninguna manera se podrá volver a una situación de 'normalidad'. '¿Cómo administras una situación de represión y anormalidad de la cual el Estado no te dejará escapar? La normalidad no se recuperará. Ya no hay normalidad', sentencia.

 

- ¿La represión gana?

- Está claro que la represión es efectiva, porque hay gente en la cárcel y en el exilio. Hay una efectividad inmediata que tenemos encima. Es un hecho. Pero, además, como advertencia para futuras situaciones y como amenaza, es un factor que no diría que gane en el sentido estricto, pero que sería irresponsable no tener en cuenta.

 

- Hasta ahora los partidos habían exhibido unidad en la estrategia. Desde el martes, ya no.

- Antes ya habido desacuerdos de este tipo. La desavenencia no es nueva, pero ahora estamos en una nueva fase de la expresión de esta tensión interna que hay entre partidos y personas. La novedad es que hasta el verano jugábamos suponiendo que había unas reglas de juego y que había unas líneas que no se podrían tocar. Y ahora en cambio el drama es que tenemos que jugar sin reglas del juego, y esto crea esta nueva expresión del conflicto entre fuerzas republicanas. Hay unos que piensan que no habiendo reglas no hay juego posible y otro sector que piensa que hay que ver cómo se puede jugar imaginando que alguien respetará las reglas del juego. No es una cuestión estrictamente de partidos, sino de sensibilidades o de posiciones personales, o de capacidad de asumir riesgos.

 

- Renunciar a Puigdemont, ¿es un error?

- Si finalmente, para que haya acuerdo político, se debe buscar una salida alternativa, no puede ser contra la presidencia de Puigdemont. Debe ser una solución que parta de la presidencia de Puigdemont, que sepa hacer un tránsito desde la reclamación legítima de la restitución de una situación previa. El problema es que el enemigo nos impone el relato, y parece que defendamos 'Puigdemont sí o Puigdemont no', y, de hecho, yo no me siento defensor de una persona, sino de la restitución de un gobierno expulsado ilegítimamente. El problema es cómo hacemos visible o como hacemos que esta restitución se materialice de una manera u otra, que lo que hay que salvar es el principio. Si la persona es imprescindible, lo es. Y si se encuentra una fórmula en la que la persona no sea tan imprescindible o se le pueda otorgar un papel diferente... No sé, yo no tengo respuesta.

 

- ¿Algo simbólico?

- Sí. Pero cuando se dice 'simbólico', para según quién quiere decir que no sirve para nada. Y este símbolo puede tener mucha más fuerza. No sé si es más contundente un gesto simbólico como la restitución de Puigdemont en la presidencia que querer tener un gobierno asustado. No sé qué es más transformador o más útil. Si hacemos un gobierno pragmático sin ninguna muestra de capacidad de restituir nada, seremos nosotros quienes habremos aceptado la derrota.

 

- ¿Sería un error que Puigdemont volviera?

- [Se lo rumia, parece querer decir que sí]...

 

- En Bruselas puede mantener una mínima estructura de gobierno legítimo que tiene impacto.

- Sí, pero no sabemos cuánto tiempo puede durar esta capacidad. Ahora todo el mundo le hace caso y está lleno de cámaras, pero dentro de un mes, ¿todavía las tendrá? Ahora porque estamos pendientes de si viene o no viene, si es presidente o no, pero cuando aquí haya gobierno, ¿quién hará caso de Puigdemont en Bruselas? Y están las condiciones en que debe vivir, cuánto tiempo se puede mantener la oficina en Bruselas... Esto no es menor.

 

- La opción de proponer otro candidato y de no confrontar con el Estado, ¿no es una buena estrategia?

- Me parece que es una estrategia muy ingenua. La política se hace con lo que puedes. Desde fuera es muy fácil de decir que se debería haber hecho tal cosa o tal otra. En política, las cosas no pasan porque tengas razón, sino que pasa lo que es posible que pase en las circunstancias de aquel momento. Y yo entiendo esta posición, pero imaginar que recuperaremos las instituciones porque aplacemos la confrontación no cambiará nada. El juez Llarena continuará metiendo gente en prisión, quienes están no saldrán, el TC tumbará cualquier ley de carácter social... ¿Qué normalidad es esta? La normalidad no se recuperará. Ya no hay normalidad.

 

- No habría el 155...

- Estaríamos intervenidos igualmente, si no por el Tribunal Constitucional por el miedo. Si por haber convocado el 9-N han embargado la casa y no sé qué más, imagínense los que deberán pasar cuentas por el 1-O. ¿Y qué harán los Mossos? Cómo administras una situación de represión y anormalidad de la cual el Estado no te dejará escapar.

 

- ¿Y la confrontación?

- Si me habla de la confrontación directa, tampoco veo a qué viene, porque simplemente nos lleva a un callejón sin salida, si no es que se ha pensado bien qué vendrá después.

 

- Investir a Carles Puigdemont ahora es un acto de confrontación.

- Sí, un gesto de desobediencia sin consecuencias prácticas, porque el gobierno probablemente no se podría llegar a constituir. Si no se está muy convencido de resistir una situación de desobediencia permanente -que creo que no, porque estamos intervenidos y tenemos la policía controlada-, tampoco es imaginable que una situación de desobediencia permanente ahora sea lo que nos saque de esta situación. Y porque no hay una mayoría; para hacer esto necesitas los setenta diputados. Ahora la situación política es de colapso. No hay una salida buena y una mala. Hay que ver qué son capaces de pactar, porque separados no pueden hacer nada. Hay que ver a qué punto de acuerdo pueden llegar.

 

- ¿El problema es que no somos suficientes para mantener una situación de confrontación permanente?

- No creo que sea una cuestión de cantidad, sino de fuerza, del tipo de fuerza. A veces hay partidos que, con menos cantidad, imponen su criterio. No sé qué tanto por ciento tuvo Rajoy en las últimas elecciones y no tiene oposición. Con un 25% o 30% de apoyo electoral tienes un control total del Estado, como ocurre ahora con Rajoy. Es una cuestión de la clase de fuerza que tienes. Porque no tenemos la fuerza de los poderes del Estado, pero qué otras inteligencias podemos tener, como la capacidad de apoyo popular en el tiempo. No sabemos si el apoyo a Ciudadanos es resultado de una situación de estrés o es que la mitad del país es de Ciudadanos. ¿Esto puede durar? El independentismo sí sabemos que es duradero. Gestionar este apoyo popular es algo que hay que hacer; combatir esta desmesura del Estado, poniéndola en evidencia, se puede hacer.

 

- ¿Se han explicado poco el miedo y las dudas?

- El miedo es oscuro por naturaleza, y no se expresa de una manera clara, sino a veces contradictoria. A veces la respuesta puede ser amenazadora y otras veces echarás a correr. Pedir que el miedo se exprese de una manera abierta y clara quizás es pedir demasiado. Entramos en el terreno de la psicología de la política, porque hay unos factores que son de una naturaleza más psicológica, que tienen una importancia muy grande en el desarrollo de la política en nuestro país. El miedo es un elemento muy importante en la toma de decisiones.

 

- A pesar de la represión, hay mucha desconfianza mutua. ¿Por qué?

- Resulta mal decirlo. Los resultados electorales tienen un peso muy importante en la expresión de un desacuerdo que ya estaba implícito, o una competencia política natural entre fuerzas diferentes. Dentro de Juntos por el Sí, especialmente en estos últimos tiempos, Junqueras y Puigdemont habían sabido negociar la desconfianza de manera razonable, y la tenían bajo control, pero presentarse separados a las elecciones lo ha vuelto a poner de manifiesto. Al hecho de no ser capaces de hacer una candidatura única se añadieron las circunstancias anormales de la campaña.

 

- ¿La tensión del 27 de octubre marcó mucho?

- Con una mirada ingenua, diría que en una situación excepcional como la de entonces y con la represión dejamos de lado todas las diferencias y seguimos un objetivo común. Pero esto es ingenuo. Estos conflictos hostigan las diferencias, porque objetivamente creas situaciones diferentes: no es igual estar en el exilio que en prisión. Y no es igual haber estado a favor de la convocatoria anticipada de elecciones que haber estado en contra. Y, no lo olvidemos, hay una acción sistemática y potente para originar estas situaciones, desde el punto de vista mediático, cómo se juega a crear esta desigualdad de situaciones entre el exilio y la prisión, de tratar a unos de cobardes y a unos otros de valientes... hay una presión enorme. Pero tengo la impresión de que esto tiene puntos de inflexión. Ahora hemos vivido un par de días de mucha acentuación de la desconfianza y diferencias y al día siguiente se harán una fotografía abrazados. Ya lo hemos visto más veces.

 

- Ahora parece más grave.

- Es más grave porque la situación contextual es más grave, pero no desde el punto de vista interno, de la competencia interna. Del mismo modo que no conseguiremos esta unidad estricta, desde fuera no nos dejarán separar. La acción exterior contra el independentismo no se acabará, no será más benévola con unos cuantos. Ellos irán a liquidar, hasta el final. Pero la mirada sobre lo que es más particular nos desvía de lo que se debe encarar de una manera más general. Esto es una guerra de guerrillas, donde por un lado hay un ejército convencional con una gran fuerza, que utiliza las armas del Estado, como los tribunales y la prensa, y al otro lado hay una gente que, sin tener estas armas, juega con la capacidad de sorpresa y con la rapidez. Es un combate desigual, y a veces las guerrillas han ganado a los ejércitos más fuertes. Lo tenemos que mirar con esta perspectiva. Hasta qué punto hemos perdido la iniciativa que habíamos tenido hasta el verano pasado.

 

- ¿Qué puede hacer ahora la guerrilla, si ya hemos visto el margen de maniobra que había el 27-O?

- A veces una retirada oportuna es una buena decisión, no es un retroceso, sino un replanteamiento de la estrategia. ¿Y eso qué significa? Que debemos reconducir el activismo reactivo, que es donde estamos ahora, hacia una posición activa pero contenida. La sociedad civil debe mantenerse activa pero debe tener cuidado con la tentación de la movilización permanente sin ninguna dirección, como hemos visto últimamente. Tenemos que pensar que debemos hacer; la acción debe tener resultado. Y una gestión mucho más inteligente de este estado en activo en el que nos debemos mantener. Que no es sólo de movilización en la calle, sino desde el punto de vista mental. Es una especie de ejercicio de autocontrol para no caer en estas fases depresivas y autoflagelantes.

 

- ¿Hemos sido ingenuos?

- Sí, hemos funcionado con demasiada buena fe, pensando que Europa no podría resistir una represión como la que se ha vivido. Reconozco mi ingenuidad, porque cuando preguntaban qué pasaría el 1-O, yo decía que no se podían permitir la fotografía de un policía llevándose urnas. Yo me creía que eso era inaceptable en la Europa del siglo XXI. Y mucha ingenuidad pensando que habría respuesta de los estados. Ahora tenemos que repensar cómo debemos afrontar una nueva situación conociendo mejor al enemigo.

 

- ¿Ingenuidad también al pensar que la independencia sería más rápida y más fácil de alcanzar?

- Sí. Yo sí. Tuve la impresión en algún momento que se desencadenaría un proceso más acelerado, que habría algún elemento de ruptura que provocaría la aceleración del proceso. Y ha pasado al revés. Ahora soy más prudente.

 

- ¿Pensábamos que se preparaban unas estructuras de la república que no estaban tan bien preparadas?

- Hasta donde se podía, estaban preparadas. Había cabos sueltos. Pero este no es el problema. La discreción seguramente ha minimizado la importancia del trabajo que se había hecho. Se había trabajado muy bien, en general. Faltaba la capacidad de activar estas estructuras de Estado. Esto es lo que falló. No había condiciones para hacerlo.

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