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Salvador Cardús   
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Es una muestra de debilidad extrema asumir como propio el discurso de la derrota que el adversario quiere extender sobre el soberanismo. Unos, pusilánimes, quizás se amparan en él para justificar sus miedos. Otros, arrogantes, porque ya les gusta poder reprochar que la batalla no ha sido suficientemente digna, lo bastante heroica, épica. Como dice Sun Tzu, el maestro de 'El arte de la guerra', la invencibilidad debe estar en uno mismo, la vulnerabilidad se debe encontrar en el adversario. Y ya basta de hurgar en las supuestas vulnerabilidades propias y de hacernos sentir derrotados.

Lo digo porque estoy harto de los que dicen que el Govern se equivocó y que no tenía nada previsto, que el soberanismo estuvo engañando al pueblo, que Rajoy ha ganado la partida... Mentira. Asumir estas historias es de efectos más nefastos que la aplicación del 155. Es adoptar una mirada tan corta que confunde un repliegue estratégico con la pérdida de la guerra. Y es no entender que un combate político en el que existe una tan desigual capacidad represiva no se gana a través de una confrontación directa, sino que hay que saber vencerlo sin batalla. Vuelvo a Sun Tzu: "Un maestro experto en las artes marciales deshace los planes de los enemigos, desmonta sus relaciones y alianzas, le corta los suministros o le bloquea el camino, y vence con estas tácticas sin necesidad de combatir".

Mi lectura de los hechos es muy diferente. 1) El referéndum del 1-O todavía es una gran emboscada al Estado ganada de forma rotunda. En contra de todo su aparato -servicios de inteligencia espiando todo, miles de policías buscando urnas bajo las piedras o interceptando en las redes webs y aplicaciones para votar-, todas las urnas y papeletas estuvieron en su sitio. Y a pesar de obstruir todas las garantías formales, un 40 por ciento del censo votó frente a las peores amenazas imaginables. 2) La violenta represión del referéndum es la segunda rotunda derrota del Estado, ahora ante la opinión pública internacional. 3) El paro de país del 3 de octubre en contra de la represión mostró que la respuesta a la agresión ampliaba de forma ejemplar la base del soberanismo. 4) La no efectividad de la declaración de independencia y la proclamación de la República de los días 17 y 27 de octubre representan, al mismo tiempo, el desempeño de un compromiso político y la respuesta adecuada a la medida exacta -ahora conocida- de la fuerza represiva del adversario. No se trataba tanto de evitar un baño de sangre como de impedir una posible derrota definitiva. 5) La aceptación de participar en las elecciones del 21-D responde a la idea de que hay que aprovechar la fuerza del adversario para hacerle perder el equilibrio. Cuando el presidente Carles Puigdemont pregunta de manera insistente si "la banda del 155" aceptará unos resultados favorables a la independencia en las elecciones que ellos han convocado ilegítimamente, hace exactamente eso.

Puedo aceptar que se diga que no se había medido bien la fuerza de la alianza de todos los aparatos de Estado -particularmente, la adhesión de la judicatura y de la prensa abocada a la propaganda- ni la voluntad represiva brutal e ilimitada del Estado. El esquema de un combate entre legitimidad y legalidad era ingenuo, sí. El combate ha acabado siendo entre legitimidad democrática y arbitrariedad legal. La Constitución española, como garantía de derechos, nos la habíamos creído más nosotros que ellos, que la han empleado de manera inconstitucional. De modo que haber sorteado una confrontación para la que no se tenía la fuerza adecuada, ha sido inteligente. La prudencia, la tenacidad y la astucia, así como la demostración continuada de confianza mutua entre el pueblo y sus instituciones, han sido y siguen siendo el camino.

Termino todavía con Sun Tzu: "Si no puedes ser fuerte, pero tampoco sabes ser débil, serás derrotado". Y no siendo los fuertes en capacidad represiva, sólo queda la posibilidad de "saber ser débiles" para vencer.

ARA