Sarrera Egunekoa El vizcaíno fingido y el vasco babar

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Asier Fdez. de Truchuelo   
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"Gente endiablada y descomunal: dejad luego al punto a las 'urnas y papeletas' que en ese coche lleváis 'disimuladas'; si no, aparejados a recibir presta muerte  por justo castigo de vuestras malas obras"

Cuenta la leyenda que el 'cabaleiro andante galaico Trotón o Lerense', al  avistar los molinos de viento, y confundiéndolos con castellers, atacolos con tesón. Descargó toda su furia, mandando a sus Tercios -compuestos de cristianos viejos castellanos y sarracenos andalusíes- a cargar y segar las cabezas de cuanto polaco encontrasen; sin respetar niños, mujeres ni ancianos. Su buen y fiel escudero 'Yñigo de Urgul', ante tamaño desatino, intentó frenar la embestida…. mas todo en vano resultó.

Historias de ayer y de hoy, con erratas y mala fe. Lo más granado de la literatura Gran Nacional ha escrito ríos de tinta sobre las naciones de un país fallido, llamado Españistán. Un país forjado a golpe de cruz y espada, donde las diferencias se penaban y penan con edictos de expulsión y autos de fe, el destierro o la fogata; y, siendo benévolos, la cárcel y/o la asimilación.

Pero, si una nación sobresalió sobre todas las demás, esa no fue otra que la vascongada, dando héroes y bufones; mas, en los últimos tiempos, más de lo segundo que de lo primero. Nación antigua, otrora digna y orgullosa de sus libertades e independencia, las cuales jamás dudo en defender. Empero, cuando luchó por el Imperio, ganó cadenas, las mismas que por mil años la atenazaran.

La literatura hispana hizo gran mofa del habla y ser de la nación vizcaína. De mano de uno de sus grandes tullidos, 'rió' de la igualdad de sus hijos, de sus libertades y de su milenaria lengua. Para una sociedad dividida en clases y acostumbrada a vivir del trabajo ajeno -del expolio en la guerra y a la plebe-, no era menester ver prosperar a un pueblo con hidalguía universal en la que sus hijos prosperaban con el sudor de su frente -Génesis 3,19-.

Viendo la eficacia de las vizcainías, hubo mucho truhán que quiso hacerse pasar por descendiente de Túbal: los hubo… y haberlos, haylos. Tener un apellido de rancio abolengo, y un solar de origen, siempre causó envidia en aquellos que no sabían ni quien era su padre, acostumbraban a ocultarlo, o, en el mejor de los casos, disimularlo.

El vascongado no abandonaba a sus hijos, la casa les daba su nombre y su lugar en el Orbe. Pero, entre mofa y mofa, semanita a semanita, los propios vascongados hicieron befa de su ser. Los bufones patrios al servicio del reino, que siempre los hubo, hasta del apellido hicieron burla.

Ya lo dijo Juan Ruiz de Alarcón, "Quien mal anda, mal acaba".