Sarrera Egunekoa Contra la melancolía

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Salvador Cardús   
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Una situación de conflicto político continuado como el que se vive en Cataluña seguro que acaba determinando estados de ánimo colectivos, variables en el tiempo. Ciertamente, no son estados de ánimo unánimes. Dejando de lado los indiferentes a la confrontación, cuando se han vivido estados eufóricos expresados ​​de manera expansiva en público los hay que han respondido con estados de repliegue percibidos como una coacción externa que los forzaba al silencio. Y cuando los primeros sufren una derrota, los segundos salen del enclaustramiento, a menudo con un resentimiento oportunamente exasperado por sus líderes políticos.

El independentismo hace tiempo que se mueve -quizás debería decir que está atrapado- en estos ciclos de entusiasmo y desánimo, de euforia y depresión, de ilusión y frustración. A la batalla política, hecha de decisiones parlamentarias, gubernamentales y judiciales, le corresponde otro plan que confronta los relatos interpretativos con las respuestas emocionales. Y, ahora mismo, cuando el Estado está imponiendo una durísima lógica represiva sobre sus líderes, la respuesta del independentismo va desde el desconcierto hasta el pesimismo más radical. No es la primera vez que se extiende el desánimo, pero es la más profunda desde el inicio del 'Proceso'.

El encarcelamiento del vicepresidente Junqueras y del consejero Forn, los líderes Cuixart y Sánchez, y el exilio del presidente Puigdemont y los consejeros Comín, Puig, Ponsatí y Serret -sin olvidar aquellos que, a pesar de haber sido puestos en libertad, están amenazados por los mismos delitos y condenas-, ha provocado un sentimiento de duelo generalizado en el independentismo. Y este sentimiento, al mismo tiempo, está afectando gravemente la toma de decisiones de los partidos, que se sienten profundamente afectados por el dolor y la tristeza de unos compañeros que pagan personalmente una responsabilidad que es colectiva.

Es ante este estado de cosas cuando me pareció oportunísima la reflexión que hacía el buen amigo Joan-Carles Mèlich, profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona, en una entrevista publicada en el ARA el sábado 20 de enero, a propósito de su último libro, 'La experiencia de la pérdida' (Arcadia, 2017). Dice Mèlich: "El gran peligro del duelo es la melancolía". Y la melancolía es una enfermedad autodestructiva que lleva a una voluntad de desconexión con el mundo exterior y la pérdida de autoestima. ¿Y es que éste no es, ahora mismo, uno de los sentimientos más extendidos tanto entre el independentismo popular como en el militante? ¿Y no son actitudes melancólicas las que podrían conducir al abandono de la lucha para conseguir lo que hasta ahora había sido una esperanza, si no inmediata, al menos cercana?

No sé hasta qué punto el Estado y sus aparatos, asesorados por expertos en comportamientos colectivos, juegan de manera consciente y organizada a provocar este tipo de malestar. Pero lo que es seguro es que el intento de desmoralizar el independentismo es explícito. Y es bien conocido que sin esperanza, uno de los principales motores del optimismo, el independentismo podría perder la fuerza que hasta ahora ha demostrado. Luis Rojas Marcos, profesor de psiquiatría en la Universidad de Nueva York, deja bien establecido en 'La fuerza del optimismo' (Ediciones 62, 2016) que el optimismo no es un mecanismo de autoengaño sino de resistencia y victoria ante la adversidad. Cientos de estudios científicos muestran que la confianza en uno mismo, la capacidad de interpretar los hechos en positivo y sobre todo la esperanza permiten superar mejor las adversidades que las miradas pesimistas.

De todo esto se pueden sacar muchas conclusiones útiles. Pero me limitaré a dos. Primero, hay que evitar las actitudes melancólicas que llevan al desánimo y, finalmente, a la derrota. Y segundo, es conveniente fiarse de las propuestas políticas más optimistas, porque son las más capaces de superar el infortunio y llevar a la victoria.

ARA