Sarrera Munduan barna La revolución rusa en 11 momentos

La revolución rusa en 11 momentos PDF fitxategia Print E-posta
JOSÉ ENRIQUE RUIZ-DOMÈNEC   
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El centenario de la revolución rusa se está conmemorando en todo el mundo, pese a que su sentido positivo o negativo es aún materia de discusión.

Se han escrito muchos libros sobre la revolución rusa, libros que aportan múltiples miradas sobre los acontecimientos ocurridos en Petrogrado y Moscú durante el 1917. Un caudal informativo que se completa con los testimonios directos de Trotski, Buchanan o Kérenski, sin olvidar las crónicas de los corresponsales de la prensa internacional, entre las que cabe destacar las que enviaba a España Sofía Casanova, esposa del filósofo polaco Wincenty Lutoslawski. Pero con el paso del tiempo algunas ideas y muchas imágenes de ese año se han convertido en tópicos bajo el peso de las novelas, las películas y los malos libros de historia. La renovación era una necesidad, sostiene Sean McMeekin, porque tras la caída del comunismo en Rusia se necesitaba más que nunca una línea narrativa sólida, una explicación coherente y una historia comprensible. Al fin y al cabo, si no tenemos claro qué fue lo que ocurrió, y en qué orden, cómo vamos a responder a la pregunta de por qué ese gran acontecimiento se ha convertido en un lugar de la memoria, un hálito de esperanza proletaria, una guía para insumisos.

El lector hallará en las siguientes 11 estampas los temas principales de aquel año de 1917, en el que se vivió peligrosamente en Rusia (las fechas se citan siguiendo el calendario juliano vigente entonces, aunque se añaden las del calendario gregoriano propio de Occidente).

 

1. Asesinato de Rasputin

16-17 de diciembre de 1916/29-30 de diciembre

Mientras a primeras horas de la mañana se confirmaba la noticia del asesinato del místico Grigori Rasputin, sacado del gran río Nevá, que se mantuvo como siempre silencioso y negro, la corte se sintió por un momento liberada de su presencia, aunque se hubiera hecho por medio de una operación chapucera, llevada a cabo, según Trotski, “a la manera de un guión de teatro destinado a gente de mal gusto”.

Tras los primeros alivios, llegaron las malas noticias que dieron lugar al comentario de la zarina madre: “Estamos metidos en un buen lío”. No exageraba. El historiador Joshua Sanborn está convencido que Rusia se encaminaba a la guerra civil. Los revolucionarios eran cada vez más influyentes, los reservistas vagabundean por la ciudad sin el menor estímulo y sin soldada, los generales protestaban de la misantropía del zar, como comentó el embajador Buchanan a Samuel Hoare, jefe del servicio secreto británico. Y ahora comenzaban a descubrirse muchas cosas que el celo de la guerra había querido esconder: se creía que lo importante eran las ideas de cambio, y esas ideas las tenían delante en labios de los miembros de la Duma (el Parlamento ruso).

No sirvió para nada la conjura de algunos miembros de la familia Románov, ya que el zar Nicolás II no estaba dispuesto a sacrificar a su esposa, Alexandra, para defender el país. Pedía que le ofrecieran otra salida. Se hizo evidente, escribe Montefiore, que “lejos de salvar la monarquía, el asesinato de Rasputin lo que hizo fue castrarla”.

 

2. Lo que está por venir

9 de enero 1917/22 de enero

“Nosotros, los de la vieja generación, no veremos las batallas decisivas de la revolución que está por venir”, observó Lenin desde su exilio en Zurich, desesperado al comprobar que no se había hecho nada importante en el duodécimo aniversario del domingo sangriento de 1905. Las masas estaban como paralizadas. Incrementando así su desconfianza de que los obreros pudieran ser en ese momento una –la– clase revolucionaria. Esta distinción entre política de izquierdas y activismo resultó explícita durante la crisis política desencadenada por la falta de alimentos. Una vez más, las protestas populares hicieron estallar el orden social.

Imaginemos la escena de aquel “falso amanecer”, que dice McMeekin. Todo se relaciona con la polémica figura del zar. No era la primera vez que sucedía, pero todo indicaba que iba a ser la última. Nicolás II, al que en la intimidad llamaban Nicky, nunca había suscitado respeto. Desde el día de su boda con Alexandra de Hesse, cuando acudió al altar con una guerrera roja de húsar y un sombrero de castor adornado con una pluma de avestruz, hasta las horas de la agonía, sobre él se arrojan sarcasmos, maldiciones, incluso insultos. Durante las dos semanas que siguieron a su última Navidad, todo el mundo se burlaba de él al verle sumido en una depresión. Molestaba su desidia como sus paseos al caer la tarde o su afición a leer los clásicos rusos tras la cena, las noches que no jugaba al dominó, armaba puzles o veía películas (la última fue Madame du Barry ). Mientras el resto de la corte acudía a ver el Ballet Imperial en el Teatro Mariinski o se deleitaba escuchando a Glinka, Músorgski o Rimski-Kórsakov. Estaba claro, escribe Richard Pipes, que para el zar “el poder, más que corromperlo, lo aisló”.

A comienzos de febrero, todo el mundo estaba de acuerdo que la única manera de salvar la monarquía era deponerlo, ya que de seguro nunca abdicaría. Las numerosas conjuras contra Nicolás II fueron pasos obligados en las negociaciones para la alianza entre la alta sociedad y el ejército, una premonición de aquel embotamiento de la sensibilidad que avanza del febril febrero al desolado octubre.

 

3. Se abre la puerta

Jueves 23 de febrero/8 de marzo

“Si la mujer es una esclava, no habrá libertad. Viva la igualdad y los derechos para las mujeres”, decía el cartel que encabezaba la manifestación en Petrogrado en el día internacional de la Mujer, abriendo con esa proclama las puertas de lo que la historia llamó después la revolución de febrero. A la entrada, los ecos de las doscientas mil personas protestando en las calles por la escasez de alimentos bajo un frío glacial, aunque aquel día amaneció soleado. A la salida, la formación del Gobierno provisional. En el centro, la abdicación del zar. Y, en paralelo, la creación del sóviet de obreros y soldados aprobando la orden que facultaba a la tropa desobedecer las órdenes de los oficiales. Como telón de fondo, en el palacio Táuride, la Duma elevando el tono de su retórica contra el régimen zarista.

De todos los rincones de la ciudad, no solo de los barrios industriales al otro lado del Nevá, llegaban rumores de rebelión. Incluso el regimiento Volinski se amotinó y se unió a los manifestantes. Un creciente fervor popular alimentaba la insurgencia. No había marcha atrás, para desespero del bolchevique Shliápnikov que repetía sin que le hicieran mucho caso: “¿Qué revolución? Dadles un kilo de pan a los trabajadores y el movimiento se acabará”. El teniente general Serguéi Khabalov retiró las tropas del Palacio de Invierno. El 28 de febrero se colapsó la Duma y la mayoría de los ministros fueron arrestados. Llegó el momento para Aleksandr Kérenski. De entrada mantuvo la calma mientras ordenaba a las masas que se hicieran con el control del ferrocarril, las oficinas de correos y las telecomunicaciones; luego, se dedicó a coordinar el Comité Provisional de la Duma y el sóviet de obreros y soldados, algo que sólo él podía hacer al ser miembro del primero y presidente del segundo.

Así, esos gestos, envueltos en bellas palabras, atravesaron los años como si fueran un infolio sobre el modo de conducir una revolución. Ciertos políticos en sus acciones tienden a parecerse entre sí. Kérenski se convertirá en las semanas siguientes en el gran maestro de ceremonias de lo que se convino en llamar “gobierno provisional”, custodio de un ideal de equilibrio imposible de mantener en aquellos días, un guía de las causas perdidas. Las acciones del gobierno provisional se prestarán a servir de marco a una representación del choque entre dos bandos opuestos donde siempre triunfa el bando más organizado, aunque esté en minoría.

 

4. El gambito alemán

27 de marzo-3 de abril/ 9-16 de abril

“La revolución rusa constituye el acontecimiento más poderoso de la Guerra Mundial”, escribió la filósofa alemana Rosa Luxemburgo desde una celda en la cárcel de Breslau para la revista de la Liga Espartaquista, aunque el artículo no se publicó. No era oportuno airear en esos momentos el conflicto que enfrentaba a la Duma con el sóviet; y menos aún posicionarse en contra de la consigna que había lanzado Lenin en su panfleto Tesis de Abril: “Todo el poder para los sóviets”. Los caminos de la política a menudo aparecen envueltos en la penumbra de las razones de Estado.

El conflicto político ruso despertó el interés de las agencias de inteligencia alemanas. Podía significar que Rusia abandonara la guerra y de ese modo el imperio alemán concentraría todas sus fuerzas en el frente oeste, donde eran necesarias tras la llegada de las tropas estadounidenses al mando del general John J. Pershing.

No se trataba únicamente de intrigas galantes y de lo que luego los libros de historia denominan el concierto de las naciones. Se planteaba una cuestión antes y después que ninguna otra: poner fin al imperio ruso aunque eso exigiera un acuerdo con los bolcheviques, al fin y al cabo, los únicos que habían manifestado la necesidad de salir de la guerra. ¿Qué hacer para que esta posibilidad se convirtiera en un hecho? Simplemente trasladar a Lenin de Zurich a Petrogrado. Los generales alemanes pusieron a su disposición para tal fin un tren sellado, el “tren de Lenin” lo llama Catherine Merridale. Estaba claro que era el momento de cuestionar al gobierno provisional, sacar a Rusia de la guerra, y pactar con los alemanes al precio que fuera. El gambito era intercambiar al líder bolchevique por la salida de Rusia de la guerra. Una apuesta bolchevique que no estaban dispuestos a aceptar el resto de fuerzas de la Duma, ni siquiera los mencheviques. Ese enfrentamiento presagiaba un futuro tormentoso.

 

5. Legitimidad revolucionaria

23 y 24 de abril/6 y 7 de mayo

Desde Europa se veían los sucesos de Rusia con cierta incredulidad. El influyente sociólogo Max Weber escribió: “Hasta ahora no ha ocurrido una revolución, sino sólo la eliminación de un monarca incapaz”. A finales de abril, el gobierno provisional decidió continuar en la guerra para darle legitimidad a lo que creía un proceso revolucionario. La respuesta no se hizo esperar. El día 23 de abril la gente se echó a la calle al grito “abajo el gobierno burgués”, una forma de decir “no a la guerra”. Pero detrás de esa manifestación se ocultaba el poder de los bolcheviques, cuyos miembros eran muy activos en las fábricas y el ejército.

Hasta entonces habían sido una robusta minoría (al congreso de los sóviets del 3 de junio llevaron 107 delegados, contra los 248 de los mencheviques y los 285 de los social-revolucionarios), pero su disciplina y organización le daba una influencia muy superior a su importancia. Para imponer sus ideas había que socavar el prestigio del gobierno provisional y asegurar que sólo los bolcheviques eran en sentido estricto los únicos revolucionarios. Se trataba de una lucha política por el control del poder ejecutivo con la guerra contra Alemania como pretexto. La Primera Coalición gubernamental, del 5 de mayo al 2 de julio, presidida por Kérenski, se enfrentó a los bolcheviques hasta el punto que el ministro de Justicia Pável Pereverzev afirmó que tenía pruebas de que Lenin era un agente secreto al servicio de Alemania, de cuyo país su partido recibía mucho dinero. Con el nombramiento del general Lavr Kornílov como jefe de las fuerzas armadas, Kérenski evocaba el fantasma de la guerra ilimitada, atraída por un fin incontrolable, una salida a la tensión existente con alguna campaña exitosa.

Los pasos siguientes, segunda coalición de julio-agosto, directorio del 1 al 27 de septiembre, y tercera coalición del 17 de septiembre al 25 de octubre confirmaron que todo era cuestión de tiempo para ceder el gobierno de Rusia a la única fuerza que prometía llevar a su fin el proceso revolucionario: los bolcheviques que con Lenin venía afirmando desde abril de que era preciso “darle todo el poder a los sóviets”. Desde el 4 de mayo, en las calles de Petrogrado vagaba Trotski con los suyos. Para la mayor parte del mundo que le rodeaba él seguía siendo la única legítima autoridad de la revolución. Las asambleas de obreros y soldados se extendían por las vastas tierras rusas, profundamente aleccionadas de que no había más salida que asaltar el Palacio de Invierno.

 

6. Asalto al poder

10 de octubre/23 de octubre

“Menos palabras y más acción”, escribió Lenin a finales de septiembre desde Finlandia, donde se había escondido. Pero el 10 de octubre concretó la consigna a los doce miembros del Comité Central: era preciso tomar el poder cuanto antes. No todos los bolcheviques estaban de acuerdo, comenzando por Kámenev y terminando por Trotski, que deseaba una acción conjunta de todos los miembros del sóviet. Pero Lenin supo maniobrar como el gran táctico que era. No se trataba de confiar en el futuro sino simplemente de actuar en nombre del futuro. Aquí comenzó a fraguar la idea bolchevique del proceso revolucionario a la luz del análisis materialista histórico.

No había más que una línea de actuación, un juicio sobre el destino de Rusia en nombre de un futuro tal como lo veían los bolcheviques, un futuro que no compartían el resto de fuerzas políticas, incluidos social-revolucionarios y mencheviques. Pero eso daba igual, ya que sólo los bolcheviques poseían una información exclusiva y perfecta sobre el futuro que Rusia necesitaba. Se maduró esos días una doctrina de que todo es o una cosa o la otra pero no pueden ser las dos al mismo tiempo, que si la situación exigía el control político por el partido, era por simple necesidad histórica, no por un hecho político que podía ser juzgado si era bueno o malo en función de sus resultados. Esta idea es contraria a la doctrina bolchevique, que la considera “revisionismo” y por tanto castigada.

Rusia se dirigía hacia un totalitarismo de Estado. Así, la toma de poder exigida por Lenin iba a producir un profundo y duradero cisma entre aquellos que no eran capaces de asumir las consecuencias humanas de las teorías leninistas y aquellos para quienes dichas consecuencias eran desagradables, pero inevitables ya que cualquier viraje era científicamente imposible. En otras palabras el asalto al poder era un objetivo primordial, y la represión que le acompañaba, un mal necesario: era preciso enviar al basurero de la historia a los oponentes a esa concepción totalitaria de la verdad, fuera de matriz liberal, demócrata revolucionario, menchevique o incluso bolchevique de los que se calificaban de revisionistas. Ese paso es el que temía Rosa Luxemburgo, que el leninismo construyera una visión holística de los relatos históricos como actos de fe revolucionaria. Cualquier mirada que analice los movimientos de Lenin para hacerse con el poder del partido y desde ahí promover el asalto al poder se entiende como una teoría de juegos propia de la historiografía de matriz liberal o de las narrativas novelas. El plan de Lenin ha exigido durante décadas una fe inquebrantable en su proyecto revolucionario. Lo demás apenas cuenta, aunque ese “lo demás” sea realmente lo atractivo de los sucesos del Octubre Rojo.

 

7. El momento Kérenski

24-25 de octubre/6-7 de noviembre

¿Cómo fue posible que la revolución encontrara a Kérenski? Desde que se hizo cargo en febrero de la dirección del proceso revolucionario, no cesó de encontrar dificultades. Huelgas obreras, disturbios callejeros, presión de los bolcheviques para que todo el poder fuera a parar a los sóviets y por tanto que se disolviera el gobierno de la nación, enfrentamientos entre manifestantes y policía con decenas de muertos en las calles, propaganda a favor de salir de la guerra.

Sin embargo, Kérenski tenía una excelente perspicacia para captar el curso de los acontecimientos; en eso residía su inteligencia política. Era pues el hombre a batir por Lenin. La autoridad que disfrutaba, y que la historia afín a los bolcheviques le niega convirtiéndolo en el Bonaparte ruso, le fue arrebatada por la fuerza de los acontecimientos. El golpe de Estado de los bolcheviques se preparaba a plena luz del día. Tras la creación el 9 de octubre del Comité Militar Revolucionario por el sóviet, y tras su control por Trotski, no fue raro que el día 21 miles de rifles fueran entregados a la Guardia Roja. Mira Milosevich escribe con ironía que Kérenski no reaccionó hasta el 24: uno de sus rasgos era oler el peligro cuando estaba demasiado cerca. No quiso ver la insurrección; no quiso creer en ella. La decisión de un político revolucionario que cree en la ley, y no le hubiera importado debatir los planes de gobierno de los bolcheviques. De hecho, confiaba que el segundo congreso de los sóviets, convocado para el día 25, le diera la razón.

De hecho, los bolcheviques estaban en minoría; no podían hacer nada, salvo dar un golpe de Estado. Kérenski no puede admitir que se realice algo en contra de la voluntad revolucionaria de los sóviets; incluso creía que la proclama de Lenin “todo el poder para los sóviets” iba en esa dirección, no en la dirección de que una minoría se convirtiera en mayoría. Estaba atrapado en el espejismo de la legitimidad.

Todo se precipitó al caer la noche del 24. Trotski dio la orden de atacar y la Guardia Roja bajo su mando se apoderó de las estaciones de ferrocarril, telecomunicaciones, oficinas postales, bancos, y del Palacio Táuride. Lo mismo que él había hecho en febrero, pero en esta ocasión lo hicieron por y para los bolcheviques. Kérenski quedó perplejo. Escapó en un coche que pertenecía al parque móvil de la embajada americana, incluso dejó el banderín puesto para evitar así los controles de la Guardia Roja. Se dirigió al frente para pedir ayuda al ejército. La insurrección era un hecho.

 

8. Putsch bolchevique

25 de octubre/7 de noviembre

Con el tiempo se convirtió en el día oficial de la revolución de Octubre. Comenzó con la toma del Palacio de Invierno. Luego siguió con el congreso de los sóviets en el Instituto Smolny, donde Lenin hizo la famosa alocución inmortalizada por el pintor Vladímir Serov. Momento de suspensión, de insurrección, en un ambiente cargado de tensión, anota John Reed. El Estado se siente débil ante la conspiración y esa debilidad ha terminado por corroerle. El presidente del gobierno está huido. La voluntad de los bolcheviques se va a imponer, ahora que son mayoría en el Congreso: de un total de 650 contaban con 390 diputados, frente a los 80 mencheviques y los 180 social-revolucionarios. La votación es la coartada. Los bolcheviques siguen intentando inventarse una legitimidad. El Congreso saca el titular. Es de Trotski la frase hacia mencheviques y social-revolucionarios: “Habéis fracasado, vuestro papel ha terminado! ¡Id a donde pertenecéis: al basurero de la historia”.

El discurso de Lenin sobre la revolución de trabajadores y campesinos y su llamada final sobre “la construcción de un Estado socialista proletario” no consigue ocultar que se está instaurando una dictadura, del proletariado sin duda, pero dictadura al fin y al cabo. Lenin: sobre la máxima precariedad imprime el sello de la máxima fijeza. Luego la historia arrastrará ese exaltado momento emocional hacia su realidad. Encuentro entre las imágenes del film Octubre de Serguéi Eisenstein (1927) y los iconos del realismo socialista de Serguéi Lukin. Una iconología que sigue renovándose cada vez que se crea una trama para asaltar el poder en nombre del pueblo.

 

9. El terror

28-30 de octubre/10-12 de noviembre

Cruzada la barrera de la legitimidad, Lenin declara la creación de un nuevo gobierno revolucionario, en realidad bolchevique. Se toman dos medidas. Primera, salir de la guerra lo antes posible, dejar que Alemania se enfrente a Francia, Inglaterra y los Estados Unidos en el frente occidental. Trotski se hará cargo de las negociaciones de paz. Segunda, confiscar la tierra. Stalin emerge como el hombre clave en estos asuntos al responsabilizarse de diluir el sentido nacional de los territorios. Los generales del frente se disponen a frenar esas medidas. Cheremisov, el de los uniformes demasiado atildados, de la excesiva cortesía, ávido de solventar el golpe de Estado, aunque detrás de su voluntad había poco interés. Sus tropas se pasaron a los bolcheviques. Una parte del pueblo había decidido en nombre de todo el pueblo. Una decisión así fue el origen de serios problemas.

Los bolcheviques desarrollaron un sentimiento intenso de comunidad con sus correligionarios, al mismo tiempo que sospechaban de todo el mundo. Comenzaron las luchas por el control del Comité Central del Partido porque al fin y al cabo un Estado comunista creado por bolcheviques exigía nuevas instituciones gubernamentales (ejército, policía regular y burocracia) que hicieran viable un gobierno de partido único bajo el eslogan de “dictadura del proletariado”. Y aquí se suscita la pregunta hoy tan debatida: ¿la formación de ese Estado trajo consigo una represión a gran escala en forma de terror político, o fueron los modos de ejercer la resistencia por parte de los revolucionarios de febrero los que le obligaron a responder con sus mismas armas, es decir, con el terror?

Se trata de saber quien lo empezó. El resultado es de sobra conocido. Millones de muertos. Pero la cuestión consiste en saber si ese terror es inherente al modelo político bolchevique (y sus imitadores) o es una respuesta al sentirse acosado. Los bolcheviques ganaron la guerra de las palabras, ya que se conoce como contrarrevolución todos los actos de defensa del orden institucional creado en febrero de 1917; incluso los más ignorantes llegan a pensar que en el Octubre Rojo se seguía luchando contra el zar. En fin. Lo que sucede cuando no se atienden debidamente los detalles. El terror tendrá tres momentos cruciales meses más tarde: la creación de la Cheka, servicio de seguridad el 20 de diciembre de 1917; el asesinato del zar y su familia en Ekaterimburgo el 16 y 17 de julio del año siguiente, y el decreto del 5 de septiembre que faculta el aislamiento de disidentes al régimen en campos de trabajo, con lo que se inaugura el gulag, una remodelación a fondo de los antiguos campos de concentración zaristas. Como escribe Catherine Merridale con un toque de dolor: “La dictadura soviética, un gobierno que prometía libertad para todos los trabajadores, había creado una tiranía”. Se creo un clima de delación que pronto generó terror ya que nadie podía ­sentirse seguro ante las denuncias de los vecinos. Casi todo se podía ­considerar contrarrevolucionario y eso traía consigo la muerte.

 

10. Reunión en Brest-Litovsk

30 de noviembre/12 de enero de 1918

Los bolcheviques enviaron a esta ciudad, hoy en Bielorrusia, a Adolf Ioffe para negociar con el general Hoffmann y el barón Von Kühl­mann los puntos del armisticio, previo a la firma de un tratado de paz. A finales de año, se incorporó Trotski con la intención de alargar las negociaciones con el pretexto de mostrar al mundo el tono del nuevo gobierno bolchevique de Rusia, en especial su anhelo de paz entre los trabajadores de la tierra. La dilación era el arma esotérica de su política. Esta vez, Trotski decidió llevarla al límite y quiso hacerla coincidir con el 14 de febrero de 1918, fecha en el que terminaba el armisticio y en la que Alemania estaba legitimada para volver a la guerra. El ardid dio resultado en cuanto al tiempo, no en cuanto a resultados. Los bolcheviques perdieron un tercio de su ­población, un tercio de sus tierras cultivadas y el 75% de las zonas industriales. El 10 de marzo Lenin trasladó la capital de Petrogrado a Moscú y una vez allí lo primero que hizo fue firmar el tratado de paz. Fue otro gambito, tierras de Rusia a cambio de salvar la revolución.

 

11. Guerra civil

14 de diciembre/26 de diciembre

En medio de las negociaciones de Brest-Litovsk, el tema más recurrente era la guerra civil comenzada el 14 de diciembre. En ella se enfrentó el Ejército Rojo, formado con los restos del ejército imperial más algunas milicias entusiastas, contra los blancos, una abigarrada formación compuesta de partidarios del zar, demócratas liberales inspirados en 1905, socialistas revolucionarios e incluso algunos mencheviques. Junto a ellos, los restos de la legión checa que se hizo con el control del Transiberiano y algunas fuerzas de Gran Bretaña, Francia, Japón y Estados Unidos, poco motivadas y dispersas en un radio de acción inmenso. Fue una guerra en dos fases, con dos partes en cada una de ellas; muy cruel pues ambos bandos se jugaban su ser en la historia. Una guerra que duró tres años, hasta 1921 con el triunfo del Ejército Rojo.

 

En conclusión

Detrás de estas once estampas con las que he querido recrear 1917 en Rusia caben muchas conclusiones que forman parte de la memoria de la revolución. A algunos como la poeta Ajmátova, la revolución no le trajo esperanza, sino miedo. Lo comprobó a diario. Sobre todo en agosto de 1921 cuando la checa de Petrogrado detuvo a su primer marido, el poeta Nikolái Gumiliov, y lo paso por las armas. A otros, como el músico Prokófiev, la ilusión de recuperar Rusia, aunque su mujer española fuera recluida durante años en el gulag. Tras el acuerdo de Rapallo la nueva Unión de Repúblicas Socialistas Sovièticas (URSS) supo “colar” en sus libros y artículos de propaganda esos pensamientos, esas emociones que formaban parte del sueño revolucionario. La memoria lo barrió todo: paisajes, datos, acontecimientos, personajes, y no se quiso reconocer nunca (no hubo un Proust per hacerlo) la verdad de aquel tiempo. Quedó como un infolio de acontecimientos mezclado con gases vaporosos con los documentos más comprometedores celosamente guardados. Però llegó Gorbachov Y dispuso la glasnost (transparencia) sobre el pasado. Allí comenzó otra història.

Así, en marzo de 2017, Mira Milosevich aconsejaba examinar la revolución rusa com un ciclo i no como un único hecho històrico. Así se aproximó a la idea de Hélène Carrère d’Encausse al explicar los “diez días de octubre que estremecieron al mundo” desde la perspectiva de los seis años que cambiaron el mundo (1985-1991); es decir, ver la revolución de 1917 asumiendo lo que habia pasado después de la desintegración de la URSS cuando el sueño de un futuro radiante para es masas se habia convertido en pesadilla a causa de décadas de totalitarisme de Estado. Una vez más, la idea de Marx de un mundo “donde la necesidad desaparce” se coloca en el escenario de un siglo XX bajo dominio soviètico. El historiador François Furet acabó por encontrar en aquella època las razones del “final de una ilusión”: la ilusión de un hombre nuevo viviendo en libertad. Mientras la tragedia del gulag se iba conociendo, todavía se hablaba en las aulas de las ideas marxistas.

Si la Rusia actual, la de Putin excelentemente retratada por Peter Pomerantsev, tuviese humor, dedicaria tiempo a analizar lo que supuso la transformación de una nación de casi mil años en una Unión de Repúblicas Socialistas Sovièticas con el sincero entusiasmo que lo hacen los autores de Entre dos octubres. Pero en lugar de eso, los rusos revisan aquel pasado, incluidas sus figuras centrales, como el almirante Koltxak, gobernante supremo de Rúsia contra los bolcheviques. Se interesa por las virtudes domèsticas de un pueblo enraizadass en la religión ortodoxa y en sus costumbres, que habían sido laminadas per la revolución en favor de la consolidación del hombre soviètico al que no le importaba denunciar a sus vecinos.

Después quedará siempre la atmósfera del Octubre Rojo. John Reed se paseaba con admiración por Petrogrado y seguía obedeciendo las prescripciones del soviet, a pesar de que el embajador de su país se riese de él. No se cansa de señalar la robusta decisión del frente revolucionario y su camino hacia la victoria. ¿En qué otro país que no fuera Rusia se habría producido aquel inmenso acontecimiento? Y aquí está de nuevo Rusia esperando a conocer qué pasó realmente en 1917, y por qué pasó. Una tarea para el historiador del siglo XXI.

LA VANGUARDIA