Sarrera Nabarmena El museo en su lugar (el tiempo del artista en su obra)

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Julio Urdin Elizaga   
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Aún peor que morir en la red, es sobrevivir en ella al acontecimiento de la muerte misma. Esto me ha pasado en la experiencia dada tras la prematura desaparición del artista Koldo Agarraberes (1967-2015), presente en su página de Facebook y en la mía de amistades como si nada o todo, según se quiera ver, hubiera acontecido, encontrándose abierto a un futuro de eventos que por fuerza constituye ser pasado reciente. Lo más parecido a la ectoplásmica especular del ente inexistente atrapado en un mundo paralelo. La identidad de un no ser-ahí (dasein heideggeriano) existencial secuestrado por el ser-ahí de la nebulosa virtualidad digital. Lo que no deja de producirme sino una egótica y manifiesta turbación del ser ante la imposibilidad de intercambio directo con el otro. Indig-Nados era la cabecera impresa en el muro y en el perfil de un dominio que como el recibido por honores de la medievalidad debiera funcionar tan sólo en la confianza de quien es soberano -supuestamente la comunidad virtual- y como mucho mientras se viva. Dicha comunidad evidencia así un desentendimiento del individuo. Otra cosa, muy diferente, habrá de ser la cuestión biográfica de su legado, debiendo vincular a quienes más directamente convivieron beneficiándose de su parentesco y amistad. No siendo caso único, pues la desaparición de instituciones que hubieran podido darle una cierta salida, como fuera aquella de la fundación Buldain y Centro de Arte en su filosofía primigenia, impide, al menos a nivel local, el pronto re-conocimiento obligado para con los artistas del ámbito comunitario más pre-esencial. Así el para-mí-mismo del acto previo de la creación se metamorfosearía en el desmenuzador para-los-demás con inquietudes contemplativas e inclinación hacia la reflexión de la obra compartida.

Esta última actitud, por ende, da pista sobre otras desapariciones como aquélla en la que se encuentra el debate sobre la conveniencia o no del mantenimiento de la materia filosófica, y de su exclusión, dentro de los planes de estudio. Las filosofías lo son de las artes, de la historia alrededor del mero acontecimiento, de la política, del derecho, de la ciencia, etc. Cuentan el porqué de determinadas visiones consiguiendo contrastarlas con otras de muy diverso signo. Busca, además, el principio primero por el que se rigen y aquello que lo origina. El filósofo personalista y anarco- cristiano Carlos Díaz comentaba al respecto del filósofo -que lo mismo puede servirnos en el caso del artista y de la contemplación- ser un espectador que añade reflexión, continuando: “La preocupación por el antes de ahora, es decir, por el siempre, es -como decimos- propia de la gente profunda, al contrario de la gente que ignora el antes, la cual reduce todo lo anterior al ahora, y se despreocupa por el después. El superficial vive en el ahora y por eso yerra”. Ya vimos, anteriormente, cómo el “presentismo” de la cultura virtual basada en la tecnología digital invierte el natural devenir temporal creando un imaginario basado en la simultaneización irreflexiva de todos los tiempos: pasado, presente y futuro. Sin embargo, la producción del artista, la obra de arte -sea cual sea el soporte que utilice- en todo lugar para activarla habrá de requerir la contemplación como paso previo en su contextualización que no siempre será la misma sujeta a obligadas heterocronías en sus renovadas puestas en escena. Un proceso que por fuerza ha de estar basado en la reflexión del ser cogitabundo.

Este extraño ser al parecer practica un vagabundeo pensante nunca exento de problematicidad y extrañeza, al margen del para-mí-mismo de la artificiosa autocracia inductora de un imaginario automatista y de la actual revolución del 4 punto “lo que sea”. Hacer las cosas artesanalmente, en la medida de lo posible, desde uno mismo, individual y comunitariamente, es justamente lo contrario del recibirlas de forma dada desde la seriada industrialización, de una promesa de futuro hecho presente, que en todo caso -y sin restarle ningún mérito- debiera aportar los medios para lo primero en los procedimientos laboriosos de la autorrealización que, para mayor abundamiento, paradójicamente siendo la cultura del ayer hoy se nos presenta como auténtica utopía. Ello forma parte indisoluble de la antropodicea humanista, siendo el artista una de sus máximas expresiones.

En este sentido, la rilkeniana caída del ángel y la prematura muerte del árbol de la vida son seguras premoniciones del acontecer. Molinuevo, nuevamente, no se confunde al afirmar: “La historia es una muestra trágica del alto precio que hemos pagado por tratar a la naturaleza como cosa, como medio, hasta que ha habido que parar para convertirla en fin, porque el hombre es también naturaleza, y usando, abusando de ella, destruyéndola, se destruye a sí mismo. La ciencia ficción (cara muestra en mi opinión de definición basada en la puesta en práctica de la figura retórica del oxímoron) dice que ha llegado ahora el turno de las máquinas y en concreto a la máquina humana, al androide, o más propiamente a ese nuevo híbrido, al cyborg. Todos ellos reclaman sus derechos humanos, no ser tratados como esclavos, como instrumentos, sino como una segunda naturaleza, como la naturaleza artificial”. Y para iniciarnos en ello comenzamos por reconocérselos a los animales. El desplazamiento del puesto del hombre en el cosmos es así absorbido de manera concienzuda por los extremos de una realidad existente y de un supuesto inexistente. Pero ni animal ni robot, aún y a pesar de que muestren aptitudes para el pintarrajeo son, ni habrán de contar con la condición de artistas; figura que a todas luces debiera ser preservada.

El pasado-presente de Koldo, como otrora lo fuera y continúa siéndolo el de Arturo Navaz (1948-2012), es su obra abierta al futuro mostrándonos lo que con ella se quiso decir: qué es lo que nos cuenta, qué circunstancias coadyuvaron en su realización, qué influencias y qué originalidades emanan de ellas, de su condición identitaria y de sus correspondientes personalidades, con qué ayudas -si es que las tuvieran- contaron, el porqué se dieron en este lugar y no en otro cualquiera, cuál fue su apuesta y determinación, cómo y con qué técnicas y materiales se realizaron y quiénes son sus albaceas, etc.; fiduciarios, al fin y al cabo, de este espíritu que viene a representar custodiándolo en nuestro lugar aquél del Angelus Novus de Paul Klee. Su maestría heterocrónica radica en las interpretaciones que de ellas podamos realizar, y para ello continúan requiriendo de un espacio donde puedan ser analizadas, contempladas, en definitiva, de un lugar para la recreación. Tal vez, todo ello pertenezca a la áurica leyenda y mito del artista en la epigonal figura del demiurgo que diera su fruto en el genio creador, analizada entre otros en los clásicos estudios de Ernst Kris y Otto Kurz, y más reciente de Eckhard Neumann, pero de lo que estamos seguros es de que no se puede desmitificar aquello que al menos entre los nuestros nunca ha estado mitificado. Hecho que no debiera restar lugar ni quitar ocasión para su conocimiento.

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